Entrevista a Diego Fortea: ‘Una charla sobre la cultura del fracaso’

   Para empezar, ¿me podrías hacer una pequeña presentación de tu trayectoria como estudiante?

Diego Fortea. Fuente: Facebook

Diego Fortea. Fuente: Facebook

Yo he estudiado Bellas Artes, y mucha gente se pregunta: “¿cómo tú estudiando Bellas Artes, algo tan ligado a lo que son las artes plásticas, manuales, pintura y escultura, te has centrado en la parte audiovisual?” Pues bien, esta facultad, concretamente la de Bellas Artes de la Universidad Politécnica de Valencia, cuenta tanto por infraestructura, como por despliegue de recursos, con unas herramientas y aptitudes de sobra necesarias para que un estudiante se pueda imbuir en la comunicación audiovisual. Porque a partir del tercer año surge todo un despliegue de optativas con el que te lo puedes configurar todo para que te puedas especializar igual, e incluso a veces más, que alguien de Comunicación Audiovisual. Lo que pasa es que en Bellas Artes se deriva mucho al lado creativo y digamos que la combinación de composición, color e iluminación, que son cosas que en primero y segundo adquieres; de cara a tercero y cuarto, que es cuando se incluyen las asignaturas más audiovisuales, realmente las utilizas. El que quiera enfocar su trayectoria hacia lo audiovisual que sepa que en Bellas Artes también tiene hueco.

    Las herramientas están ahí, pero ¿cómo se llega tras acabar un grado en Bellas Artes al interior de la radio o el cine?
Lo de la radio a mí me surgió por accidente, digamos que yo en primer año de carrera quise empezar un corto, que nunca llegó a salir. Pero tuve el placer de entablar relación tanto profesional, como personal con gente metida en el ámbito. Pero como nunca llegó a mayores, digamos que aproveché esas conexiones para luego establecer entrevistas con ellos en la radio. Fue algo por accidente y así empecé en Radio-Requena.
Que, ¿cómo se puede llegar de una forma más convencional? Pues preguntando se llega a Roma, créeme. Hay que contactar siempre con los departamentos de comunicación de allí donde vayas para tratar de integrarte y que se te pueda ceder un hueco o un espacio pequeñito, a través del cual empezar a desarrollar lo que quieres. Porque en verdad, todos empezamos de cero o de menos-uno. Quiero decir, es la pescadilla que se muerde la cola; porque te dicen, “¿cómo te puedes meter a esto saliendo de estudiante que apenas tienes experiencia?” Sinceramente, preguntando y por supuesto, destacando tus aptitudes y experiencias, porque todos tenemos algo que se puede requerir en cualquier empresa. Y seguro que te puede servir empezando desde muy abajo o desde un hueco muy ‘pequeñín’, y así empecé en la radio y en el mundo audiovisual.
En lo audiovisual empecé a raíz de un colega, que me encontré en Valencia, y que estaba por entonces haciendo aquí un corto con José Luis Gil, “Entre cartones”. Y fui con toda la humildad del mundo y le dije, pues oye; “me haría ilusión a mí participar en esto, ¿qué necesitáis?”. En ese momento, me preguntaron “¿qué estudias?, ¿Bellas Artes?, pues necesitamos chicos de attrezzo para plantear una escenografía”. Y poco a poco; aprendiendo, nutriéndote de la gente, y errando mucho, metiendo la pata. “Tú sabes hacer esto? Sí, sí”, y en realidad no tienes ni idea. Pero es que por algún lado hay que hacer algo. Y que la gente no se crea que esto siempre es perfilado y pomposo. Para nada, esto es meter la gamba hasta la saciedad echándole un poco de osadía, siempre con ese ímpetu de aprendizaje.

    Y a raíz de ahí, ¿te desligaste más de ese inicio radiofónico?
Pues es curioso, porque lo de la radio en un principio fue mi afición, y poco a poco se ha ido convirtiendo en mi oficio. La radio te permite unos registros sonoros más desligados del frenesí de la televisión. Tú, ahora, en una hora ves el Hormiguero y no te da tiempo a digerir todas las secciones del programa. En cambio, cuando tú empiezas en la radio con un magazine, tienes dos o tres horas y te da tiempo a hablar de todo; entrevistar a alguien, meter música, noticias, etc. Y la radio no te obliga a desligarte de lo otro, porque se está metiendo en el mundo audiovisual. Un ejemplo es “Yu! No te pierdas nada” de Dani Mateo, que emite en streaming. Lo bonito es que ahora todo se está interconectando y no tenemos que relegar nada. Todo puede servir como complemento de algo, siempre. Decía Coppola: “lo bonito de la creatividad es asociar ideas que nunca antes han sido asociadas”, hay que tirar por ahí. Todo se integra, todo se solapa.

    El pasado 23 de octubre se estrenó una película en la que pudiste participar, “Mi gran noche”. ¿Podrías hablarme un poco más de ello?
Lo de “Mi gran noche” me surge a través de un trabajo de grafista para una productora audiovisual, que casualmente la regenta un buen amigo mío, el actor Enrique Villén. Y a raíz de esa amistad, me dice que estaría bien que pudiese estar en “Mi Gran Noche”. Y bueno, me integro en el departamento de figuración, pero acabo haciendo de chico para todo. Y fue fantástico, porque fue ver una producción de semejante magnitud y además, ver cómo se articulan todos esos departamentos, con Álex de la Iglesia como cabecilla. Para mí, es mi director preferido a nivel español, porque le da un registro más único, más de actor y más bizarro a sus películas.
Bueno, no estuve todo el rodaje, solo estuve cuatro semanas, pero fue una experiencia muy enriquecedora que me sirvió para empaparme de todo aquello y que te enseña que no por ser profesionales todo sale perfecto. También tienen sus quebraderos de cabeza, les falta tiempo y muchas veces van a contrarreloj. Y tú, siempre yendo con humildad, sin irrumpir, terminas dentro de todo eso hábitat. Porque estas cosas no se dicen, pero la figuración es un sector muy infravalorado; ten en cuenta que todas esas personas que están al fondo, no se tienen en cuenta, pero son actores y hay que organizarlos, hablar con ellos. Son parte de la orquesta de la película.
También estuve con mi amigo Miguel Romero con el making off y estuvo genial, porque me podía colar con él a las secuencias más íntimas del rodaje. Me acuerdo de una vez que estábamos rodando una escena en la que Santiago Segura sacaba dinero de una caja fuerte, y mientras tanto, estábamos cien personas en un espacio súper reducido. Estas cosas te sirven para darte cuenta que no todo es tan perfecto, la realidad no tiene el glamour que nos traen del cine. Tú te inmiscuyes y ves como las cosas no salen y hay que repetir. Al final, se catalogan como profesionales pero también tienen sus dolores de muelas, y sus malos días, y te das cuenta que la verdadera película se crea en la sala de edición y montaje.

    ¿Cómo ha repercutido en ti estar en una producción a gran escala como es “Mi gran noche”?
Me ha enseñado a aprender que el cine, y en definitiva la realidad, no tiene glamour. Un rodaje es una obra de la construcción; con sus obreros, sus albañiles, sus objetos punzantes y cortantes, y eso hay que aprenderlo. También en el sentido en el que uno, mientras esta en el rodaje, puede perder el norte y decir, “¿por qué estoy haciendo esto?, porque esto es echar entre 16 y 18 horas al día, repitiendo muchas veces lo mismo, volviéndote loco, amando, odiando…”. A mí, me gusta compararlo con el símil de ir a la montaña con tus amigos. Te dicen: “Oye, podríamos irnos a la montaña de excursión. ¡Qué guay! Vamos a ir y va a molar un montón”. Y luego, vas a la montaña y te ves ahí, raspándote las rodillas con las zarzas, con un sol demoledor, pasas sed, hambre, mil calamidades y dices: “¿A quién coño se le ocurrió venir a la montaña?” Pero luego, pasa el tiempo, y estás con tus amigos y se escucha: “¿Os acordáis de cuando fuimos a la montaña y lo bien que nos lo pasamos? Hay que volver”. Y entras en un bucle. Es un poco ‘freudiano’, el tiempo hace que te olvides de los escabros del rodaje y te quedes con lo bueno, que es el trabajo en equipo, la integridad, etc. Eso es lo que realmente aprendes en un rodaje, el trabajo en equipo.
Es muy diferente a la forma de trabajar que he llevado yo en mi documental. Yo he estado solo, yo he llevado la cámara, la pértiga, el trípode, he parecido el chatarrero de Valencia y de Madrid. Iba de un lugar para otro lleno de trastos, pero eso es lo que pasa cuando uno no puede remunerar a una gente por ese trabajo. Debe existir una retribución por ese trabajo, aunque sea un trueque. Yo lo veo así. Yo he aprendido a llevarlo así, y en ese sentido soy muy ‘señora mayor’, en plan; “ay hijo, no quiero molestar”.
Pero también aprendes a valorar el tiempo. Es muy importante en los rodajes, de cara a organizarte, tener las cosas ensambladas y saber cómo hay que operar cuando tienes a un tío delante, que tiene veinte minutos para hablar contigo, o menos, y tienes que aprender a gestionarlo para sacar el mayor provecho de esa persona, tú solo.

    Ya que sacas el tema, ¿podrías hablarme un poco más de tu documental “No es cosa de risa”? ¿Cómo surgió? ¿Qué intentas sacar de él?
Tras empezar en Bellas Artes, yo tenía claro que como trabajo final de grado quería hacer una obra audiovisual. No sé si un corto, un reportaje, pero audiovisual. En ese momento, veo un documental de Andreu Buenafuente, que se llama “El culo del mundo” y que se podría definir como un tratado de amor, o más bien, una carta de amor de Andreu hacia sus compañeros comediantes. En ese instante pensé que me gustaría hacer algo así, porque, para mí, la comedia es lo mejor del mundo. Para mí los cómicos son semidioses, o dioses en la tierra, son gente que hacen del dolor, humor. Sacan experiencias propias y saben canalizarlas y insuflarlas y saben darle belleza para que la gente se descojone. Y eso me parece genial, desde Gila que lo hacía con la Guerra Civil, algo que él vivió en sus carnes.
Yo quería hacer un tratado sobre cómicos, un documental donde hablar sobre ellos pero a mi manera. Yo lo que quería hacer era un contraste entre mis inquietudes como aspirante, como un novatillo de esto, frente a la experiencia de esta gente. Es decir, voy a aprender de ellos. Y al final pudieron ser: Pablo Motos, Juan Echanove, Moncho Borrajo, Santi Rodríguez, Carlos Latre, etc. Pero hay otros muchos más que no aparecen en el documental por tema de tiempo y es una lástima como Juan Muñoz (de “Cruz y Raya”), Carlos Areces (con el que contacté en “Mi gran noche”) o Edu Casanova (Aída). Y aún estoy introduciendo entrevistas; la última y más reciente es la de Luis Piedrahita, que mucha gente dice que se parece curiosamente a mí, y ya hemos establecido un vínculo de dobles, por si algún día le viene mal actuar.  [Mientras esboza una carcajada].

Diego Fortea y Luis Piedrahita. Fuente: Facebook

Diego Fortea y Luis Piedrahita. Fuente: Facebook

Va de eso. Básicamente son conversaciones con cómicos con una realización muy sencilla, la verdad, porque hay que tener en cuenta que mientras yo estoy grabando y hablando con ellos, no me puedo permitir moverme por ahí. Es decir, un plano fijo, o como mucho dos o tres, que me permitan luego variedad de montaje y ya está. Es un humilde tratado sobre la comedia de cosas que a mí me inquietaban, como por ejemplo, los comienzos o cómo es el paso en el que ese ser creativo tiene que convertirse también en un empresario al montar su propio chiringuito para seguir haciendo programas, teatros… Porque si no hay apoyo por ningún lado, al final uno se tiene que autofinanciar. También hable de ellos de cómo les afecta el 21 % de IVA, cómo es la relación con el público, y esta pregunta que creo que es clave: “Cuando os volvéis famosos, se dice que la fama os cambia, ¿cambiáis vosotros? o ¿cambia más bien vuestro entorno, la gente de vuestro alrededor? Porque vosotros seguís siendo los mismos, es más bien el entorno el que se distorsiona”. Estas cosas son las que me interesan a mí.

    ¿Has notado cambios en el carácter de los actores/comediantes que has entrevistado, en contraposición, a la imagen que nos da la pantalla sobre ellos?
Para empezar, la realidad no es lo que nos proyectan en la pantalla. Por eso, en primer lugar tenemos que considerarlos como personas, como humanos, porque hay mucha gente que los glorifica, los dignifica, incluso los sitúa en posiciones de lo más surrealistas.

    Tú mismo les has atribuido la denominación de dioses o semidioses.
Es cierto, yo mismo los he llamado dioses, y aquí tengo que recular. No son dioses, son currantes. Son gente cuyo trabajo tiene más repercusión que quizá otra, porque se proyectan en la pantalla. Pero en ese sentido, hay que aprender a humanizarlos, tienen sus dolores de muelas, sus hipotecas, sus deudas, y curran como cualquier profesional para poder sobrellevar su existencia. Pero uno se da cuenta, cuando está hablando con ellos, de que la mayoría de ellos son muy asequibles, estas cosas del “divo” de “soy más importante que tú”, no se dan, por lo menos aquí. Sin embargo, hace poquito leí que Justin Bieber se fue a mitad de una entrevista con Dani Mateo, se piró, tuvo ese divismo de “tío ¿cómo haces eso?”. Pero yo ese tipo de comportamiento no lo he visto, o sea, por lo general, son gente muy asequible que valora muchísimo la gente que se acerca a ellos. Los consideran como núcleo indispensable de su éxito y de su carrera. Es decir, “yo estoy aquí gracias a vosotros”. Por ponerte un ejemplo, José Luis Gil no se parece en nada a Juan Cuesta o Enrique Pastor. Es un tío al que le gusta el rock, que le gusta el heavy, las guitarritas, sus chupas de cuero… Pero muchas veces la gente se apropia del cariño que le tienen al personaje y les tratan como si los conociesen. Ahí es donde no nos tenemos que confundir. Cuando yo voy a entrevistarlo tengo que pensar, “tú no eres Juan Cuesta, tú tienes una trayectoria de teatro y de doblaje que te ha permitido llegar a Juan Cuesta. Pero es que antes, durante y después, hay también una historia y, sobre todo, una persona”. Eso es lo que creo yo que hay que tener muy en consideración.

    Entonces, en “No es cosa de risa” nos hablas de la parte más personal del mundo de la fama, por decirlo de alguna manera.
Exacto, es algo más intimista. Por ejemplo, Juan Echanove durante la entrevista, habla de esto que estamos comentando, en relación a la anécdota de Fernando Fernán Gómez de aquella vez que le dijo a un fan: “¡a la mierda!”, sin más dilación. Pues hablamos de eso, de que todo el mundo tiene un mal día, y que a veces te pillan en uno de estos días y dicen: “Joder, que borde es el tío”.

    A lo mejor te pillan a ti en un día malo, pero como no tienes esa repercusión mediática no eres juzgado de la misma manera.
Claro, exactamente. También le pasó a Álex de la Iglesia, por ejemplo. Le sacaron un artículo de lo más disparatado diciendo que en un Starbucks había chillado a una camarera, y sencillamente es que estaba hablando con su hijo y le dijo: “Si no te oyen, [porque se ve que había mucho barullo] pues chíllales un poquito”. “¡Un zumo de naranja!”, y ya está. Pero alguien que estaba por allí, pues mira, por apuntarse un tanto, de lo más ridículo, dijo: “Álex de la Iglesia la lía en una cafetería”. Por estas cosas, hay que aprender que es el entorno el que cambia y, por ende, es el que hace cambiar a la persona, pero en ese orden.

Incluso yo creo que no existe ese cambio, sino al contrario. La persona que comienza a ser consagrada o aclamada, se cohíbe, piensa: “¿Cómo digiero yo esto? Yo iba antes a una cafetería tranquilo con mis amigos y ahora voy a la cafetería y me mira todo el mundo. He pasado de ser observador a ser observado”. Yo eso lo he vivido con José Luis Gil. Por ejemplo, estar tomando con él un café en Madrid y gente haciéndole fotos de fondo. Eso debe incomodar.
Todas estas cosas son las que yo quería recoger en el documental, esa realidad interna del comediante.

    Antes has dicho que Álex de la Iglesia es tu preferido a nivel español en cuanto a directores. ¿Cuál sería tu director favorito a nivel mundial?, y ¿tu película preferida?
Yo no soy dado a las preferencias. Pero, haciendo un compendio de directores, metería a Scorsese, Coppola y Kubrick, que son gente que en su día irrumpieron con un cine muy moderno que ahora se torna casi plástico, mítico y/o antológico. Pero que son unas personas que también pasaron sus penas. Por ejemplo, a Coppola no lo quería nadie en “El Padrino”. Lo querían largar a la segunda semana y luego: “Wow, ‘El Padrino’. ¡Qué peliculón! ¡Eres un crack Coppola!”. Son esa gente que se guio por hacer un cine no tan comercial, para contar sus historias, hacerlo con tiempo y darle un toque más creativo. Es decir, “no hagamos todo lo que estaba haciendo la gente que venía detrás, vamos a empezar un poquito más fuerte”. Son personas que pelearon muchísimo por sus decisiones y al final se les tiene como grandes del cine.
Y como película, me quedo con “Cadena Perpetua”. Es una de esas películas, al igual que “Uno de los nuestros”, que veo tres o cuatro veces al año. Son películas que me llenan por su humanidad, porque hablan de gente que la caga. De verdad, pienso que deberíamos valorar más la cultura del fracaso. Aquí es una cosa que no se canaliza bien; un fracaso se intenta enterrar lo más hondo posible porque “no va a hablar bien de ti”. Cuando fuera, los fracasos han desembocado en genialidades, y esas historias me gustan. En “Uno de los nuestros” se habla sobre la ira, sobre gente que la caga en el sentido que quieren ser unos privilegiados y no quieren ser unos currelas como los demás. Es gente que hace trampas y esas historias me encantan.

   La parte más dura y más sucia de la vida, ¿no?
Claro, y a partir de ahí, sublimarlo. “Humor rima con dolor”, es una frase que me gusta decir, y a raíz del dolor de un mal trago, sacar algo que conmocione. Para mí, eso es el cine, el arte y la vida en sí misma.

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