‘Truman’, la vida sin Ricardo Darín

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No es agradable, ni fácil, escribir sobre el cáncer. Uno debe caminar sobre el estrecho alambre que separa la irrespetuosa banalidad y el dramón empalagoso e innecesario. Así que más difícil aún debe ser, imagino, rodar una película con la enfermedad como pilar maestro. No como un recurso dramático puntual, ni como un punto de apoyo para el desarrollo de una narración: hablo de usar el cáncer como leit motiv en sí mismo. Encontrar el enfoque correcto con el que contar una historia sobre esto requiere de un enorme tacto. El buen director hará andar al film sobre la línea de la que hablaba, ya que de caer al precipicio se expone a la furia de una sociedad que tiene en esta enfermedad a uno de sus más sombríos enemigos.

No hace falta, afortunadamente, irse muy lejos para encontrar un espécimen de realizador con un tacto suficiente para ello. Cesc Gay, conTruman, ha dado en la mismísima diana, y nos trae su mejor película en su trabajo más delicado. El director catalán, que también firma el extraordinario guion junto a Tomás Aragay, habla en Truman del enfermo terminal que defendía Quique Peinado en su alegato para El Mundo: aquel que, cansado, decide que no vale la pena luchar y sufrir por un tiempo que no disfrutará. Que, en realidad, perderá mientras lo gana. Truman es la historia de uno de ellos. De cómo Julián (Ricardo Darín, Relatos Salvajes), el enfermo, disfruta de un último reencuentro con Tomás (Javier Cámara, Los amantes pasajeros) antes de su viaje, con la búsqueda de una familia adoptiva para Truman, el perro de Julián, como hilo.

“Que Linux es mejor, maldito applehead”. Tomás y Julián, en una de sus discusiones en el filme. Fuente: elcineenlasombra.com

Es muy difícil transmitir tanto sobre la amistad como Darín y Cámara lo hacen en Truman. El primero lleva sobre sus hombros la carga de un hombre que ha decidido morir. El segundo, la de un mejor amigo que debe, aunque no quiere, aceptarlo. Y ambos, enormes, me emocionaron hasta a mí, que me creía con la capacidad empática de una piedra. Julián, con un difícil optimismo que a veces simplemente no puede aguantar. Tomás, con una estoica aceptación que hiela el corazón del espectador a través de la pantalla cada vez que mira a cámara. Su relación, a pesar de la dificultad, se disfruta en la butaca.

Para ello, Gay logra otorgar a sus diálogos el punto justo de un humor que relaja el drama, pero no lo corta en ningún momento. Se agradece, en este sentido, que renuncie en todo momento al dramón en que podría caer la cinta, y emocione de una forma mucho más limpia. No hace falta hacer un Bajo la misma estrella para conseguir anudar la garganta del espectador. Porque es inevitable que el film le recuerde a los que se han ido, a los que se irán. Uno debe, eso sí, asegurarse de que quiere que esto pase. No tiene por qué ser malo, pero no por ello deja de ser difícil. Cada cosa viene en su momento, y en el caso de esta película el espectador debe elegir cuándo verla.

.Fuente: lacasadevidre.com

Tomás y Julián, sonrisa a pesar de todo. Fuente: lacasadevidre.com

El resto de secundarios, aunque eclipsados por Cámara y Darín, están a gran altura. Cesc Gay se permite el lujo de otorgar pequeñísimos papeles a actores de la talla de Javier Gutiérrez (Goya por La isla mínima) o Eduard Fernández (Biutiful). Dolores Fonzi (El aura), correcta como la prima de Julián, y Oriol Pla (Animals)  como su hijo de Erasmus completan el reparto. Mención especial merece el abrazo de este último con su padre, cuyo sentimiento consiguió erizar el vello de todos los brazos de la sala. La fotografía, de tonos blancos y difusos, hace de Madrid, donde se ambienta la película, una especie de limbo para los protagonistas, un anticipo del final que ya aguarda Julián.

Truman es, en definitiva, una historia bellísima, a pesar del cáncer. Un canto a la vida, a pesar de que la muerte está siempre presente a lo largo de los 108 minutos de metraje. Lo cual añade, si cabe, aún más mérito al trabajo de Cesc Gay. El espectador perdonará alguna subtrama mal llevada -sorprendente por lo  innecesaria que resulta- como perdonaría una falta ortográfica en Cien años de soledad. Se basta con las actuaciones de Darín y Cámara para emocionar, pero sin necesidad de caer en el dramatismo excesivo. No le(s) hace falta. Y huelen, muchísimo, a Goya.

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2 comentarios en “‘Truman’, la vida sin Ricardo Darín

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