Los límites del periodismo ante una tragedia

 

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Nightcrawler. Foto: indaily.com

El pasado viernes, durante unas horas, ‘La ciudad de la Luz’ oscureció. El terror, como si Robespierre hubiese vuelto a la vida, tomó las calles de París y puso el corazón del mundo entero en un puño. Un grupo de desalmados tomó las calles y mató a 129 personas. Mientras tanto, los medios de comunicación tomaron las calles para informar en riguroso directo a los espectadores sobre lo que estaba ocurriendo.

Aquí en España el debate era diferente al que voy a plantear. De todas las televisiones, únicamente el canal 24 horas de la televisión pública estaba cubriendo en directo –y de forma defectuosa- la tragedia de París. Por otro lado, las televisiones privadas se pegaron un tiro en el pie y no cambiaron la programación que estaban ofreciendo (Tu cara me suena o Salvame Deluxe) para informar sobre lo que ocurría en el país galo. Antena 3 intentó salvar los muebles durante unos instantes, pero su maniobra quedó en un intento patoso de guardar la compostura cuando volvieron a emitir Tu Cara Me Suena tras un breve informe de la situación.

Inmediatamente, y tras la incompetencia de las televisiones españolas, otros medios tomaron el mando a la hora de informar. Twitter, y en menor medida, la malograda radio, recogieron el testigo dejado por la televisión española y se ocuparon de mantener informados a los interesados. Todo esto, con los inconvenientes que supone este relevo de fuentes de información, ya que Twitter es un medio de comunicación sin filtro que apremia la inmediatez en detrimento de la veracidad, por lo que muchos fakes fueron confundidos con información real.

Fuera de nuestras fronteras, las grandes televisiones internacionales estaban al pie del cañón informando sobre los hechos (CNN, France 24, la BBC o la CBS). Estos gigantes mediáticos dieron a todo el mundo una demostración de ética periodística. En primer lugar, y tras unas advertencias de las autoridades policiales, decidieron apagar las cámaras para no dar pistas a los terroristas de qué era lo que estaba ocurriendo fuera del lugar donde estaban masacrando rehenes a sangre fría. Una vez pasó lo peor, los supervivientes de la sala Bataclán salieron del lugar donde vivieron las peores horas de su vida. Rápidamente, los medios que estaban cubriendo la información decidieron apagar las cámaras una segunda ocasión para no mostrar imágenes que pudieran herir la sensibilidad del espectador  y no hurgar en la herida de los afectados. Una acción alentada por el código deontológico del periodista, el cual afirma que “en el tratamiento informativo de los asuntos en que medien elementos de dolor o aflicción en las personas afectadas, el periodista evitará la intromisión gratuita y las especulaciones innecesarias sobre sus sentimientos y circunstancias.”

A la mañana siguiente, la programación televisiva dio un vuelco. Todas las cadenas querían enmendar el error que cometieron al no cubrir en directo la masacre de París y decidieron hacer programas especiales en los cuales informaban , de forma detallada, sobre lo ocurrido la madrugada anterior. En estos programas aparecieron imágenes grabadas por los videoaficionados que exhibían situaciones realmente escalofriantes. Reacciones de las víctimas, pilas de cadáveres en el suelo, charcos de sangre, cadáveres en el exterior… En fin, material audiovisual que no aportaba nada a los espectadores más allá del morbo, además de hacer subir el share de las cadenas como la espuma.

La cosa pasó de castaño a oscuro cuando Antonio García Ferreras, que se encontraba en la capital francesa haciendo un directo, sacó en primer plano un charco de sangre de una de las víctimas del atentado. “Tuve duda pero decidí arriesgar. El periodismo no debe preocuparse de que a algunos se les atragante la cena”  respondió el presentador español a aquellos que criticaban su decisión de mostrar el charco de sangre.

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Nightcrawler. Foto: theurbanwire.com

Esta polémica decisión reabre el debate sobre cuál es el límite entre el sensacionalismo y la información. ¿Pueden los periodistas informar a toda costa sin tener en cuenta que las imágenes pueden escandalizar al público al que van dirigidas? ¿Dónde está el límite de la información? ¿Hasta qué extremo se puede mostrar la dureza de situaciones trágicas?

Esto es algo que intenta explorar Nightcrawler (2014), el debut de Dan Gilroy como director. Nightcrawler muestra la escalada de Lou Bloom (Jake Gyllenhaal) en el mundo del periodismo. Bloom es un hombre desesperado y sin escrúpulos, dispuesto a hacer lo que sea para conseguir dinero por la vía rápida. De pronto, y gracias a una casualidad, este ambicioso personaje ve un accidente y se da cuenta de que el sensacionalismo interesa a los medios y que vender material sobrecogedor es una forma legítima para conseguir  mucho dinero en poco tiempo.

Sus confinanciadores son informativos de televisión, que actúan como jueces cuando toca decidir qué es noticia y qué no. Se nos muestran unos informativos que solamente se mueven con el deseo de enriquecerse, que prefieren informar de aquello que vende más en lugar de informar sobre algo más trascendente.

Nina Romina (Rene Russo), encarna a una directora de noticias de un telediario de madrugada. Este personaje es clave para entender el funcionamiento de las cadenas de televisión. Bajo el lema “quiero algo que la gente no pueda dejar de mirar. Quiero la mierda que me prometiste”, Nina mantiene en varios tramos de la película conversaciones en las que muestra una insensibilidad exacerbada y un cinismo despótico cuando sus subordinados desaprueban sus prácticas. Por ejemplo, la directora discute con el editor de las noticias de la madrugada sobre si deberían actualizar la información con un dato que quitaría impacto a la noticia. Nina concluye la discusión diciendo que mejor no incluir ese dato, ya que le quita interés a la historia, y pese a ser real, haría la noticia menos conmovedora.  Nina también se esfuerza en repetir una y otra vez cuales son los cánones que hacen una noticia más trascendente. Aquellas que afecten a víctimas adineradas, preferiblemente de raza blanca y heridas por pobres o pertenecientes a una minoría étnica o religiosa. También hace hincapié en que los accidentes y las tragedias son algo que interesa mucho a la audiencia, “al fin y al cabo, la sangre vende”.

Nightcrawler es una crítica/parodia que muestra la pornografía que rodea al mundo de los medios de comunicación. El punto fuerte del filme es la veracidad con la que muestra los entresijos de los media, y algunos datos que aporta  nos permiten analizar mejor la naturaleza de estos distribuidores de información. Por ejemplo, en un noticiario local americano, las noticias relacionadas con economía, política, educación o información duran un promedio de 22 segundos, en cambio, las noticias delictivas o de sucesos duran una media de 5 minutos y 7 segundos. En definitiva, se trata de una sátira al hambre de morbo y la ausencia de ética que tienen hoy en día los medios de comunicación.

Un sensacionalismo y unas ganas de vender información, sin tener en cuenta al consumidor,  que provoca que más de una vez se deslicen informaciones falsas o fakes en forma de noticias verdaderas. Algo contraproducente para un buen periodista, ya que la credibilidad del medio o del individuo queda fuertemente perjudicada.

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Antena 3 se come un fake y confunde a un periodista canadiense con uno de los terroristas. Foto: Mediavida.com

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El programa ‘La Mañana’ confunde un emblema de Star Wars con el de Al-Qaeda. Foto: Cinemanía

En conclusión, sí, la labor del periodista es ser el nexo entre la información y la sociedad, pero hay unos límites que tienen que respetarse. En primer lugar, toda la información debe ser veraz, ya que verter información falsa puede crear una imagen distorsionada de la realidad o incluso en momentos trágicos en los que la paranoia se adueña de la población, puede crear una psicosis innecesaria. En segundo lugar, no toda la información esta permitida, ya no basándonos en unos valores legales, sino en unos valores éticos, ya que hay material explícito que atenta contra la emotividad de los espectadores y que no hace más que alimentar el hambre de violencia gratuita e imágenes grotescas de alguna parte de la población. Hay que evitar el hecho de convertirnos en monstruos que jueguen con la información con el único fin de obtener beneficio económico.

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Un comentario en “Los límites del periodismo ante una tragedia

  1. Pingback: Un brindis por el periodismo | The Reservoir Bloggers

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