Tu vida no vale una mierda en ‘Ciudad de Dios’

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AVISO: Vas a encontrarte con un lenguaje a la altura del de la película. No va a ser costumbre hablar de este modo, simplemente es un recurso que utilizaré para esta ocasión. No es nada insoportable, pero si hay algún puritano o puritana que se sobresalte por ello, que se abstenga de leer esta crítica.

Cuando eres niño, tu objetivo en Ciudad de Dios no es llegar a ser bombero, astronauta o futbolista, ni siquiera intentas llegar a ser adulto. Solo tratas de poder despertarte un día más y que el hijo puta de Zé Pequenho no te haya pegado un tiro en la frente porque considera que le has mirado mal. ‘¡Han disparado en un pie a un niño!’ Bueno, pues ya puede irse a casa a celebrarlo, un cabrón con suerte.

Aquí, si se dispara un arma –algo que ocurre con bastante asiduidad– es para dejar bien muerto al tipo de delante. Que no está la cosa para gilipolleces. Se acabaron las estereotipadas imágenes hollywoodienses que tienes en la cabeza, vas a ver morir a niños en este lugar tanto como a Legolas matar orcos. Y los cabrones responsables se descojonarán antes de pegarle un último tiro en la nuca, por si acaso. Aquí las amenazas no funcionan, o matas, o mueres, o corres.

Esta obra, dirigida por el brasileño Fernando Meirelles, está basada en la vida de un joven llamado Buscapé que vive en Ciudad de Dios, una favela de Río de Janeiro. Allí, él tiene dos objetivos claros: conseguir una cámara para hacerse fotógrafo profesional y perder la virginidad (no queda del todo claro cuál tiene prioridad, pero el chaval es adolescente, así que…). Él mismo narra los hechos, ya que da más signos de lucidez que el resto personas de Ciudad de Dios, algo probablemente relacionado con no meterse rayas de coca a diario.

'Ciudad de Dios' (5)

Buscapé, protagonista de la película. Fuente: Screenfellows

Eso sí, porros que no falten. Con seis años, los niños ya tienen edad para dar algunas caladas tranquilamente, no hay más que ver la cara de fumado que se gasta la gente de por aquí. Y todo gracias al puto Zé Pequenho. Este cabronazo se dio cuenta desde pequeño que para tener el poder no había que robar a los pobres, sino darles droga. Controla el tráfico de media favela con su compañero Bené, “la única buena persona de Ciudad de Dios”. De todos modos, la gente no tiene problemas con la droga, aquí se tienen los días contados, mucho tienes que vivir para pillar un cáncer.

Antes hemos mencionado a Zé Pequenho y a Bené, hablemos ahora de la curiosa relación que existe entre estos dos. Por un lado tenemos a Dadinho –el alias ‘Zé Pequenho’ se lo puso una especie de chamán fumado–, que creció rodeado de tres delincuentes adolescentes y con un ansia de poder inhumano, más aún para un crío. Dadinho siempre ha sido un chaval con poca paciencia y, por desgracia, lo sigue siendo. El hijo puta ha crecido matando a cualquiera que se le ponga por delante porque, ya sabéis, es lo mejor para que dejen de tocarte los huevos. La otra cara de la moneda es Bené. Este tío se lleva bien con todo el mundo en Ciudad de Dios. Es uno de esos tipos que se lo piensa un poco antes de pegarte un tiro y, por encima de todo, mantiene a raya a Zé Pequenho –dentro de lo que cabe, que es un puto loco, no lo olvidemos–. Bené es la típica persona con la que te llevas bien aunque te quite a la novia, que se lo digan a Buscapé.

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Dibujo de Bené y Zé Pequenho. Fuente: Devianart

No os voy a dar el coñazo hablándoos de cada uno de los personajes, con que tengáis claro quiénes son estos dos será más que suficiente. Buscapé, al menos, lo tiene claro, por suerte para él.

Como curiosidad, en Chile, esta película es no recomendada para menores de catorce años. Según su Ministerio de Educación, las producciones “excesivamente violentas” deberán ser calificadas para mayores de dieciocho años; así que, o yo me he equivocado de película, o se han equivocado ellos. Pero, si de verdad han considerado que esto lo pueden ver niños de catorce, las películas de Tarantino deben de ser los Teletubbies chilenos.

Es verdaderamente acojonante cómo Fernando Meirelles consigue insensibilizarte con la muerte en apenas dos horas. ¿La clave? Niños matando y niños muriendo. Por suerte para todos, solo es una película. Y menos mal, si estuviera basada en hechos reales sería una putada, ¿no creéis? Ah, espera, que sí lo está.

Si leyendo esto os habéis escandalizado, no veáis la película. La verdad es que no entiendo por qué está tan censurado el lenguaje escrito pero consideramos obras maestra los guiones de películas como ‘Snatch, cerdos y diamantes’ o ‘La chaqueta metálica’.

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