‘El gran Hotel Budapest’ parece sacado de un manual de buenos modales

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“Se trata de un error gravemente extendido: La gente cree que la imaginación del escritor siempre trabaja, que inventa constantemente una infinidad de incidentes y episodios, que simplemente sueña sus historias de la nada. La realidad es que sucede lo contrario. Cuando el público sabe que eres escritor ellos te proporcionan personajes y hechos. Siempre que conserves la capacidad de observar y escuchar con atención, las historias continuarán”.

Me encuentro postrado frente a la pantalla de mi ordenador sin saber cómo arrancar, ¿cómo iniciar la ardua tarea de poderos mostrar mi opinión escrita bajo este teclado? Decido volver a revisionar el inicio de esta obra y me da la solución con las palabras anteriores. Solo que, quien me cuenta su historia, es una película. Una película dirigida por Wes Anderson y basada en los escritos de Stefan Zweig. Una historia de cinco estrellas, sobre un hotel de cinco estrellas, mostrada en la gran pantalla por un equipo (tanto elenco, como producción) de cinco estrellas, dicen algunos. En mi opinión, no lo creo.

‘El Gran Hotel Budapest’ cuenta la historia de la relación entre un mítico conserje de hotel europeo, M. Gustave (Ralph Fiennes) y un joven botones al que toma como su protegido, Zero Moustafa (Tony Revolori). Ambos se ven involucrados en una disputa familiar por el testamento de la propietaria del hotel, Madame D. (Tilda Swinton), quien ha dejado al protagonista un cuadro renacentista de valor incalculable por el que será perseguido. Todo esto ambientado en una ficticia/real Europa de entreguerras.

Como buena novela, la historia está cargada de protagonistas, y Wes Anderson decidió no escatimar en gastos en cuanto al elenco. Un total de diecisiete personajes con diálogo de cara reconocida en el mundo cinematográfico, exceptuando al joven Tony Revolori en el papel de Zero Moustafa (joven). Mas se le augura un futuro prometedor. Nombres como Ralph Fiennes, Adrien Brody, Edward Norton, Jude Law o William Dafoe le dan al largometraje el ritmo, el carácter y la copiosa personalidad característica de Wes Anderson. Actores, desde mi punto de vista, que nos tienes acostumbrados a ese tipo de papeles como Edward Norton o William Dafoe, salvando la actuación de Adrien Brody, que cambia la, para mí, habitual melancolía trágica con ese toque de semilocura depresiva (‘El Pianista’ o ‘Detachment’), por la malicia y picardía de Dimitri en el film. Sin embargo, también se aprovecha de estos actores de renombre, cual director de marketing se tratase. En ocasiones, apenas aparecen unos segundos dichos personajes y, aun así, son plasmados en el cartel publicitario, como el caso de Bill Murray.

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Del diálogo, por su parte, podría decirse que queda más alejado de lo que nos tiene acostumbrados el cine en sí, y se acerca más a los relatos y novelas escritas en la primera mitad del siglo XIX. Eso sí, con el habitual toque irónico que acompaña siempre las obras del director estadounidense, como en ‘Academia Rushmore’ (1998). Esto mismo hace que ajustarla a un género cinematográfico sea un dolor de cabeza, ya que muestra una acción continua durante el metraje, acompañado de un constante toque humorístico, y durante la cual, se enmarcan también romances y aventuras. Podríamos hablar de un Indiana Jones amanerado y pomposo.

Pero, ¿qué es lo que diferencia totalmente este film de un blockbuster, de los que ya hay tantos? La forma. Es una película que podría ser muda perfectamente. Una complementación entre delicada banda sonora y sutileza en la imagen. Una armoniosa fusión de Alexandre Desplat y Robert D. Yeoman, director de música y de fotografía, respectivamente. En mi opinión, la verdadera esencia de la obra de Anderson se encuentra en el tratado de luces y colores en cada escena: colores suaves con luz atenuada. Seguido de un enmarque medido con escuadra y cartabón en cada escena para que la acción que se está desarrollando quede centrada en todo momento. El director juega, en su mayoría, con planos cortos y generales, dejando los conjuntos para contadas escenas. La simetría y la matemática presente en todos ellos, tanto por la imagen como por la banda sonora del francés Desplat. Banda sonora que recibió su recompensa al ganar el Óscar en 2014 con sus 32 temas que, a su vez, introducían el sonido ambiente de la película en ellos.

La manera en la que las correctas formas de ambos protagonistas se suman a la escenificación y al entorno musical son, simplemente, armoniosas. De hecho (hilando muy fino) se puede observar cómo en el momento que las maneras de Monsieur Gustave y Zero Moustafa suponen un cambio en la línea del diálogo, también supone una ruptura y ‘semicaos’ en la estética, rompiendo el encuadre de la imagen y la delicadeza del sonido. Un ejemplo de esto se produce en la escena donde Gustave y Zero van en busca del mayordomo Serge y van pasando por varias personas que les sirven de hilo conductor repitiendo siempre la misma frase: “¿Es usted Monsieur Gustave del Gran Hotel Budapest de Meglisbach?”, hasta que, al fin, estalla.

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También me gustaría destacar una curiosidad que muestra a la perfección esa obsesión del director texano por la correcta visualización y encuadre, que he encontrado en la crítica que realizó El Mundo de este largometraje: “Además de mezclar imágenes reales con técnicas de animación, Anderson concibió que cada época reflejada en la película fuera proyectada en los cines de diferente manera, tal como se hacía en realidad en cada momento. Fox incluso llegó a enviar a los cines de EEUU que iban a proyectar el filme, un folio con las instrucciones necesarias para que no hubiera problemas durante la proyección, incluyendo el nivel de luz adecuado. Las escenas de los años 30 se ven en 1.37:1 (la cifra indica la relación entra anchura y altura; gracias a un acuerdo entre todos los estudios de la época todas las películas se proyectaban así), las escenas ambientadas en los años 60 se ven en el sistema utilizado para el Cinemascope, típico de entonces, y las escenas actuales en el que se utiliza hoy día habitualmente: 1.85:1”.

En conclusión, una película durante la que se mantienen las formas en todo momento y cuyo leitmotiv es la presentación estética al público que, se complementa a la perfección con el gran elenco elegido por Wes Anderson (en ocasiones ocioso) y con un diálogo que parece escrito por el mismo Stefan Zweig. Y destacar que, a pesar de lo ideal y fantasioso que nos hace creer la estética del metraje, la voz en off de El Autor (Jud Law y Tom Wilkinson) manda un mensaje final sobre la visión del mundo un tanto pesimista: “Quedan levísimos atisbos de civilización en este brutal matadero que en su día fue conocido como humanidad

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2 comentarios en “‘El gran Hotel Budapest’ parece sacado de un manual de buenos modales

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