‘Moonrise Kingdom’, y lo imperfectamente simétrico

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Hoy en día, en plena campaña electoral, los altos cargos de la política española pretenden dar una imagen impoluta: miden sus pasos, controlan la ropa que llevan cuando salen de casa –y a veces, seguro que cuando están dentro–, cada palabra que suena de su boca… en fin, son una especie de actores que tienen a cientos de directores a su alrededor que van diciéndoles qué hacer, vestir o decir. Una fachada tan pulida que casi hace que te obsesiones y busques algo que se salga del guion, esa imperfección que resalta entre lo milimétricamente medido. Mismamente, Mariano Rajoy haría llevarse las manos a la cabeza a cualquier director en cada una de sus intervenciones, pero no es lo normal en el resto de políticos.

Tal vez, el mejor asesor que podrían tener estos cargos públicos hoy en día sería un director de cine, caracterizado siempre por estar obsesionado con que todo salga según lo previsto. Y dentro de este mundillo, quién mejor para tenerlo todo controlado que Wes Anderson. El cineasta estadounidense nos trajo, dos años antes de ‘El Gran Hotel Budapest’, otra de esas peculiares obras suyas: ‘Moonrise Kingdom’, nominada al Óscar en 2013 al Mejor guion original.

Hay mucho a tener en cuenta en este largometraje más allá de su guion, sin tratar de desprestigiarlo en ningún momento, por supuesto. Empezando por los personajes.

Es curioso resaltar que un filme que cuenta con actores de la talla de Bill Murray, Frances McDormand, Bruce Willis o Edward Norton, son los novatos Kara Hayward y Jared Gilman, junto a Jason Schwartzman –quien demuestra que no hay papeles pequeños, sino actores pequeños– los que se llevan la atención del público. Y no es para menos. Ver una relación madura con tintes sexuales, aunque nunca obscenos, entre dos críos que apenas llegarán a los doce años nos muestra ese distintivo toque de Wes Anderson en sus películas, en las que los niños actúan como adultos y los adultos muestran su lado más infantil. Por parte de Schwartzman, hay que decir que todas sus ‘seriamente cómicas’ intervenciones sumarán alrededor de diez minutos, pero es más que suficiente para que yo me haya molestado en escribir correctamente su apellido, algo habrá hecho bien.

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De derecha a izquierda: Jason Schwartzman, Jared Gilman y Kara Hayward. Fuente: Pastemagazine

En cuanto a los otros cuatro grandes actores, vayamos por partes. La pareja que forman los personajes de Bill Murray y Frances McDormand se queda en muy poca cosa viendo el nivel del resto del reparto, y la relación amorosa entre ella y Bruce Willis resulta casi anecdótica. Por otro lado, el papel del bueno de Bruce me sorprendió positivamente en su conjunto. Lejos –lejísimos– queda ese actor de la ‘Jungla de cristal’ o ‘El sexto sentido’, que tanto le caracteriza. Nos encontramos ante un guardia bonachón con cierta torpeza del cual coges cariño con apenas dos o tres frases. Para cerrar el reparto, he de decir que Edward Norton es, sin la menor duda, uno de mis actores preferidos, y en ‘Moonrise Kingdom’ no decepciona para nada. Sabe hacer que te enganches a un personaje como pocos y, aunque haya decidido destacar a Jason Schwartzman antes que a él, quiero recalcar que es por lo mucho que hace en tan poco tiempo, pero para nada porque el papel de Norton sea flojo. De hecho, justo lo contrario, es uno de los puntos más fuertes de la película.

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De izquierda a derecha: Bill Murray, Tilda Swinton, el bueno de Bruce, Edward Norton y Frances McDormand. Fuente: Focusfeatures

Por otra parte, la banda sonora aporta mucho y bueno a una obra dominada por la calidad visual especialmente. Si tengo que destacar algo son las primeras notas de The Heroic Weather-Conditions Of The Universe, Part 1: A Veiled Mist, por su gran parecido –casi idéntico– a las de The sound of silence de Simon & Garfunkel, aunque tal vez echara de menos ese “Hello darkness, my old friend…”, pero está bien resuelta igualmente. Sin embargo, y creo que de forma acertada, la banda sonora destaca por su falta de protagonismo. Aporta lo que la mayoría de las películas necesitan: una ambientación que te meta más en la historia, ni más ni menos. Personalmente, y volviéndola a escuchar días más tarde, creo que es de una muy buena calidad. Recomiendo que le prestéis atención en varios compases de la obra porque deja un buen sabor de boca.

No obstante, si hay algo que tengo que destacar por encima de todo y que logró desconcentrarme –o concentrarme aún más, según se mire– durante la última media hora, fue descubrir que detrás de esa fachada de perfecta simetría se hallaba un detalle. Un simple detalle a uno de los lados de cada plano que rompía ese supuesto equilibrio que creías ver en todo momento. Y es que todo el mundo imagina en Wes Anderson ese director casi de fábula cuyos planos rebosan armonía. Pues para mí, en algunos momentos, esa armonía de quien escucha el Sarabande de Händel se convirtió en la hiperactividad de Kórsakov con su Vuelo del moscardón, haciendo que mis ojos se movieran a toda velocidad por cada plano en busca de esa pequeña rotura.

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¿Quién ha puesto esa silla ahí? Fuente: Filmmonitor

Decidí entonces forzar mi mente para que no acabara en obsesión y dejar de buscar la asimetría, aunque en ese momento ya lo hacía de manera automática. Era demasiado tarde. Mi vida carecía de sentido… Dramatismos aparte, mirado retrospectivamente siento que no fue un error perseguir ese detalle –tal vez si lo hubiera hecho durante la hora y media sí lo habría sido–, puesto que tal como lo he contado parece que me perdiera el resto de la película, pero por suerte no fue así, y la disfruté igual o más. En realidad son esa clase de cosas las que hacen que cojas cariño a un tipo de dirección o, directamente, a una película. A pesar de ello, el efecto de simetría es evidente en Wes Anderson, se esfuerza por lograrla en casi todos sus planos, y es algo muy característico suyo aunque esté ese detalle, pero pretendía exagerar un hecho que me pareció llamativo.

En definitiva, estamos ante una película de Wes Anderson, y creo que no hay mejor forma para definirla que esa. Es muy interesante cómo consigue que el espectador tenga en mente que lo que está ocurriendo es solo un cuento, pero al que le añade varias dosis de realidad, siempre en un mundo de luz, color e imperfecta simetría. Una obra sencilla, alegre y estéticamente bonita. No me parece mejor que ‘El Gran Hotel Budapest’ pero sí más ligera y accesible para cualquier persona y cualquier momento. Un gran guion, un reparto de lujo y una fotografía tan cuidada como cualquier otra de este atípico director. Si te gusta el cine que propone Anderson, obligada visualización, y si no, también.

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