‘Toro salvaje’, cuando las hostias sí están justificadas

Toro salvaje (2)

No me puedo considerar un apasionado de la violencia en el cine, la verdad. Creo que soy de esa clase de persona que, aunque no le molesta ver un puñetazo que tiña la imagen de rojo o se deforme al agredido a base de golpes, tampoco soy capaz de apreciar con verdadero gusto esas escenas. No obstante, hay que reconocer que se nota si un combate en la gran pantalla tiene calidad audiovisual o está debidamente justificado. Ayer, al actual presidente del Gobierno, Mariano Rajoy, le propinaron un zurdazo directo a la sien que le rompió las gafas y le dejó una marca que le acompañará, por lo menos, hasta las elecciones del 20 de diciembre, a no ser que el maquillaje la oculte debidamente –o la resalte, las campañas electorales son imprevisibles–. Yo soy el primero que no se sonroja al admitir que cuando me lo contaron ni siquiera intenté contener la risa, pero eso no es lo mismo que defenderlo. Si hablo de que la violencia en el cine, para que yo pueda apreciarla de algún modo tiene que estar justificada debidamente; también digo que en el mundo real, no hay justificación posible. Una hostia es una hostia, y no es la solución para ningún problema. Con lo fácil que es destrozar dialécticamente a Mariano…

En fin, aprovechando la oportunidad, decidí rápidamente que la película de la que os hablaría hoy tendría algún tipo de violencia física, y en mi mente, como si de los créditos se tratara, fueron pasando grandes títulos: Million dollar baby, Rocky, El club de la lucha… No obstante, en un momento dado, me detuve y pensé: “aquí te tengo”.

Una de las máximas autoridades de la historia del cine nos trajo, nada más comenzar la década de los ochenta, la que sería su segunda obra maestra: la mítica Toro salvaje, liderada por un big three que ni Duncan, Ginóbili y Parker son capaces de ensombrecer. Estoy hablando, por supuesto, de su director, Martin Scorsese, junto al mítico Robert De Niro y el guionista Paul Schrader, que ya habían trabajado juntos en Taxi driver cuatro años antes –con erótico resultado, cinematográficamente, claro–.

NF ARKIVSCAN RAGING BULL

Mariano Rajoy en la portada del ABC. Fuente: Alexandra Ostolaza.

Ni qué decir cabe que en Toro salvaje la violencia está más que justificada. En la versión corta, cualquiera diría que es una película de boxeo. No obstante, si vamos más allá, se puede decir que más bien es una película de un boxeador. En este caso, la diferencia entre una y otra no son solo unas letras. Robert De Niro, en una de las mejores actuaciones de su carrera, que no es poco, encarna a un física y mentalmente cambiante Jake LaMotta durante los años cuarenta y parte de los cincuenta. El que comienza como un boxeador de peso medio que pretende alcanzar la fama y ganar a los más grandes –incluso a los que no participan en su misma categoría–, acaba sometiéndose, una vez más en este mundillo, a los designios de la mafia, véase Snatch: cerdos y diamantes.

Los títulos de crédito del inicio, creados por Dan Perri, son poco más de dos minutos de puro arte. Al son del ‘Intermezzo’ de la Cavalleria rusticana de Pietro Mascagni, Toro salvaje nos embelesa con la imagen de un luchador, aún por presentar, que realiza una particular danza a cámara lenta dentro de un cuadrilátero de boxeo. Los flashes de fondo y el movimiento de la gente aportan un ápice de dinamismo fuera del ring, siempre con la vista puesta en la figura principal. Los movimientos del boxeador son bruscos  y violentos, que contrastan con la relajada obra de Mascagni, sin embargo el efecto de slow motion nos aporta esa calma que precede a la tormenta que es el propio filme. Dan Perri, en una entrevista para Art of the Title (en inglés, lamentablemente para muchos), afirmó que creía firmemente que las letras de ‘Raging Bull’ tenían que estar en ese tono rojo, a pesar de que el resto de la película fuera en blanco y negro, y a Scorsese le gustó la idea. De este modo, mostraban ese carácter rudo y dominante de un toro salvaje. Se han escrito artículos enteros de estos créditos y no es ninguna tontería que el propio Scorsese respondiera al reconocido crítico Gene Siskel que estos títulos eran la imagen que mejor resumía toda su carrera. Así que, en este párrafo solo he querido sintetizar las ideas más importantes de la introducción.

Como dice el título de esta crítica, la violencia sí que está justificada en este caso. De hecho, Scorsese y Schrader utilizan las brutales agresiones que propina y sufre LaMotta para contarnos mucho más, y nunca un mero combate de boxeo. Es la evolución de un luchador con claros problemas mentales, que van desde un comportamiento impulsivo, hasta un machismo extremo que apenas tarda cinco minutos de largometraje en evidenciar. Los golpes que recibe el protagonista en cada acción y la crueldad de las imágenes acaba resultando directamente proporcional a lo mal que lo pasa LaMotta durante las distintas etapas de su vida. Más que los combates frente a otros luchadores, lo que Scorsese nos quiere hacer ver es la propia lucha del boxeador contra sí mismo. Las heridas de los primeros enfrentamientos concluyen con pequeños moratones y cortes, mientras que en uno de los últimos, De Niro está irreconocible con la cara completamente deformada (aunque aún tiene fuerzas para exclamar ese famoso “no me has tirado al suelo”).

Hay tres personajes fundamentales: el primero y más importante es el protagonista, Jake LaMotta, con un estelar Robert De Niro; el segundo es su hermano Joey, interpretado de manera impecable por Joe Pesci (nominado en esa película al Mejor actor de reparto en los Óscar y Globos de oro), y, por último, la mujer de Jake, Vikki LaMotta, a la que da vida la actriz Cathy Moriarty. La relación entre ellos y el protagonista es de tanto odio como la que tiene el propio Jake consigo mismo, que es capaz de romper todos sus lazos afectivos en cuestión de segundos. Con su hermano, el único al que demuestra cierto aprecio por cierto, protagoniza la escena más tensa de todo el filme. Y con Vikki, el luchador desahoga todos sus celos e inseguridades, provocando que el personaje evolucione de la veinteañera que aguanta las tonterías –y no tan tonterías– de Jake, a una mujer más hecha, capaz de mostrarse firme frente a él, aunque solo sea en las últimas escenas.

Toro salvaje (1)

Jake LaMotta (Robert De Niro) a la derecha junto a su hermano Joey (Joe Pesci). Fuente: Nite Hawk Cinema

Y bueno, de Robert De Niro, hay que destacar su más que evidente cambio físico a lo largo de la película, en la que el italoamericano llegó a engordar veinte kilos, y la facilidad que tiene para hacer que sientas pena y odio por él al mismo tiempo, casi tanto como el que siente hacia sí mismo. De hecho, la evolución más notoria de Jake es la física, pues en el aspecto psicológico es un tipo inseguro desde el inicio, solitario porque él lo quiere así desde los títulos de crédito iniciales hasta  la secuencia final. Es un animal salvaje en el sentido más despectivo de la palabra, cuyo único instinto es el de supervivencia, sin importar el resto; agresivo y vehemente como nadie y, por supuesto, atormentado. Sin duda, rasgos que le valieron a De Niro para hacerse con el único Óscar de su carrera en un papel protagonista.

En definitiva, en el cine sí hay cabida para la violencia, puesto que con ella se pueden expresar muchas más emociones en el espectador que de otra forma resultaría imposible. Sin embargo, en el mundo real deberíamos tener el cerebro suficiente para saber qué acciones son las adecuadas en cada momento, y no dejarnos llevar por las reacciones más primitivas. Al fin y al cabo, el lenguaje es lo que nos diferencia de los animales, no seamos borregos y busquemos la solución simple. Está más que demostrado que el arma más poderosa que tenemos es la palabra, aprendamos a usarla como es debido y dejemos el resto a un lado. Si nos paramos a pensarlo, ¿qué se soluciona metiendo una hostia a Rajoy? La gilipollez se le va a quedar intacta. Si os gusta la violencia, desahogaos viendo Toro salvaje, que hace mucho menos daño y aporta mucho más.

Anuncios

Un comentario en “‘Toro salvaje’, cuando las hostias sí están justificadas

  1. Pingback: ‘Creed’: apetitosa ensalada de hostias | The Reservoir Bloggers

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s