“Un día perfecto”, la risa desde lo impensable

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“Un gordo muerto está dentro del pozo. ¿Ahora cómo lo sacamos?”. Mélanie Thierry, Feda Stukan, Olga Kurilenko, Tim Robbins y Benicio del Toro en Un día perfecto (2015). Fuente: Channel Video One.

Roberto Benigni ya nos enseñó con su obra maestra La vida es bella (1999) que el cine tenía la sorprendente cualidad de crear un aura de alegría hasta de las situaciones más terribles y grotescas de la historia de la humanidad. Sin cinismo ni humor negro, sino desde la sensibilidad y la ternura más cercanas que son propias de los inocentes y los locos enamorados de la vida.

Si ya se había hecho una película así de la Segunda Guerra Mundial, faltaba hacerla sobre el segundo conflicto más atroz del siglo XX: la Guerra de Yugoslavia. Lo verdaderamente sorprendente es que fuera un director español, el imprescindible Fernando León de Aranoa, quien hiciera su peculiar radiografía de la brutal carnicería de mediados de los 90. Tampoco se esperaba que, para ello, recurriera a un elenco más que respetable de actores y actrices de diferentes nacionalidades, ni una trama tan sorprendente como creíble. Es una lástima que obtuviera un recibimiento tan tibio en el pasado Festival de Cannes, aunque actualmente se enfrenta a ocho nominaciones para los Goya.

Entre el olor a vacas muertas en estado de putrefacción, carreteras interminables en la nada y check-points controlados por soldados con cara de mala digestión, seguimos a cinco cooperantes venidos de distintos lugares del mundo a la zona más peligrosa del planeta. ¿El conflicto que inicia la acción? Un cadáver obeso está obstruyendo un pozo y necesitan una cuerda para sacarlo antes de que contamine el agua.

A ritmo de una banda sonora muy bien escogida de las canciones más célebres de los noventa (quiero destacar el uso espléndido de la adaptación de “Sweet dreams” de Marilyn Manson), la cotidianidad impregna a este grupo de personas que más de la mitad de veces se cuestionan si lo que hacen es verdaderamente efectivo. En un país donde todo se derrumba, hay seres humanos que ríen y se preocupan por frivolidades como que si existe una tensión sexual no resuelta entre dos de ellos por una aventura que tuvieron hace años. Tal vez como un recurso para no volverse locos.

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B (Tim Robbins) y Mambrú (Benicio del Toro) miran la final de la Champions antes de lanzarse a salvar vidas. Fuente: Hablamos de cine.

Además, León de Aranoa tiene la idea de que cada actor adopte su nacionalidad real dentro de la historia. En realidad, son un variopinto grupo al uso. Tim Robbins está espléndido con un papel de lunático entrañable convencional, mientras que Mélanie Thierry le da soltura pero falla en la evolución del personaje, Olga Kurylenko aporta un toque de glamour propio de la imagen de “chica mala” que en ocasiones se le escapa y Benicio del Toro acepta la convencionalidad del responsable y carismático del equipo con elegancia. Un guía que da la visión del mundo (Feda Stukan) y la presencia de un niño en busca de sus padres (Eldar Resinovic) son un cliché propio del cine bélico, pero se sobrellevan con sentido.

Durante todo el largometraje, dilemas aparentemente nimios se vuelven fundamentales. Los trazos de humor son extraordinariamente cotidianos, sin pretensión de grandes comedias o dramas grandilocuentes. De hecho, la maestría del guion reside en convertir en interesante algo que en un día de supervivencia no es del todo relevante, una intrahistoria que desmitifica y alivia, para consuelo del espectador que quiere despejarse de los terrores y desazones de la vida moderna. Es, ante todo, detallismo puro. En este sentido, Un día perfecto mama de la tradición de obras como el Esperando a Godot de Samuel Beckett o la serie Seinfield: lo importante es ver pasar la vida, porque de lo minúsculo surge todo.

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“Vete a Yugoslavia de vacaciones, me dijeron. Por allí está todo muy tranquilo, me dijeron”. Fuente: Guía del Ocio.

La fotografía es un elemento impresionante del filme, con numerosos planos grandes pero con una remarcada tendencia a las secuencias en detalle. A pesar de la sombra del horror que se cierne sobre la vida diaria, se deja a la imaginación del espectador los momentos más terroríficos con una acertada premisa que apuntó Lovecraft: los peores monstruos son los que forjamos en la mente.

Nunca se sabe hasta qué punto realidad y ficción se intercalan para darnos cuenta de que muchas veces son exactamente lo mismo. La ironía con la que concluye la película, con una buena moraleja, desentraña el título: por mucho que hagamos, el azar impera. Aun así, y pese al fracaso, hay veces que podemos tener un día perfecto. Aun incluso si hablamos de Yugoslavia.

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