‘La chica danesa’: Del ‘todo’ a la nada

La chica danesa (1). Radiopaula

“A mí no me preguntes, solo soy una chica, ji ji”. Lili Elbe (Eddie Redmayne). Fuente: Radiopaula

Se han acabado los exámenes, y con ellos, nuestras vacaciones en este nuestro blog. Tenemos intención de retomar la rutina de siempre más pronto que tarde y, personalmente, con esta entrada trataré de meter presión para ello. De hecho, que nadie piense que hemos abandonado el blog, qué más quisierais. No. Tenemos muchas ideas pensadas y algunas ya más que programadas para dentro de muy poco, así que, sin más dilación, me pongo a ello y os expongo lo que me ha aportado el más reciente intento de Eddie Redmayne de ganar la estatuilla más codiciada de Hollywood por dos años consecutivos, como ya hiciera Tom Hanks en 1993 por Philadelphia y en 1994 por Forrest Gump.

Si es que me lo tengo dicho, el hype –o altas expectativas, para quien no esté al día en cuanto a la jerga de la chavalería– no conduce a nada más que a una rotunda decepción o, en el mejor de los casos, a un previsto agrado. Todos lo sabemos, pero aún así nos dejamos guiar por él para tratar de extender esa satisfacción por la obra incluso a horas –algunos, incluso días– antes de verla. ¿Qué pasa? Que luego, si esas expectativas no se cumplen, se cae en una depresión de la que solo el suicidio te puede sacar. Pues sí, eso me ha ocurrido a mí con el último largometraje de Tom Hooper: La chica danesa.

En este caso, mi hype no estaba dirigido a la obra en sí, sino más bien, al papel del protagonista: Eddie Redmayne, quien ganó un muy merecido Óscar el año pasado por su papel de Stephen Hawking en La teoría del todo (aunque a destacar sin duda el papel de Benedict Cumberbatch como Alan Turing en The Imitation Game, también nominado en 2015). El caso es que después de ver que lo volvían a nominar y no parar de oír que la película no era más que un suficiente pero la caracterización del personaje de Redmayne volvía a ser impecable, me dejé llevar y pensé que iba a volver a estar dos horas frente a una actuación de diez. Nada más lejos de la realidad.

Os pongo en situación: estamos en Dinamarca, años veinte. Una pareja de pintores vive en la felicidad que les da sobrevivir vendiendo o exponiendo sus cuadros. Hasta aquí todo correcto. No obstante, el director no quiere perder tiempo y te plantea un primer problema desde el minuto uno. Parece ser que hay una aparente tensión generada por la fama de Einar Wegener (Eddie Redmayne) y la marginación que sufre el talento de su esposa, Gerda (Alicia Vikander). Cuando has acabado de ver la película te acuerdas de que a la pobre mujer del protagonista la comparaban con él y se sentía acomplejada porque… “¿pero es transexual? No, ¿verdad? Pues entonces que la cámara vuelva a enfocar a Redmayne que tiene que ganar un Óscar. Si ella tiene problemas sacamos una escena por la noche en la que follen y solucionado. Ah, sí, lanzad sutiles indirectas al espectador y cuando él se desnude ponedle un camisón de ella. Pero que follen y no pregunten por eso eh”.

La chica danesa (2). Mashable

El único papel salvable de las dos horas de largometraje, Gerda Wegener (Alicia Vikander). Fuente: Mashable

También se plantea un segundo problema durante la primera hora cuando se muestran las ganas de Gerda de quedarse embarazada. Se insiste tanto que da la sensación de que se va a revelar su preñez en el momento justo, pero no. El director decide pasar de ella una vez más. Si no se tiene en cuenta la dudosa masculinidad e incluso feminidad (más allá de la apariencia física) de Einar, parecía que la película empezaba a girar en torno a esos problemas conyugales en los que Gerda es la pieza central. No obstante, desde dirección decidieron acabar con esas minucias. Las ganas de embarazo de ella pasa a un segundo plano, lo que más importa ahora es el embarazo de él (sí, como suena).

Dejando esto de lado, la verdad es que por algo se les llama ‘los felices años veinte’. Más allá de su depresión por no tener vagina, Lili (así se llama Einar cuando se da cuenta de que por dentro es una mujer) no se ve envuelta en un entorno hostil en el que la gente la margina por ser diferente o se encuentra en problemas diarios por culpa de una sociedad intransigente o retrógrada, más allá de la escena del parque, que tiene lugar transcurrida ya hora y media de película. De hecho, la vida en la Dinamarca de los años veinte, médicos aparte, parece mentalmente más adecuada para un transexual que la de España del siglo XXI.

Luego la película avanza sola, sin sobresaltos, nada que al espectador le cueste encajar. La monotonía se abre paso durante dos horas justas, en las que solo frases de la talla de “quiero ser una mujer, no pintar cuadros” hacen que el espectador despierte de su modorra.

Ni siquiera la entrada de Vladimir Putin (Matthias Schoenaerts, que no recuerdo su nombre en la película pero me recuerda a Putin) a escena pareció llamar la atención de una sala en la que los bostezos se escuchaban cada quince minutos. El que hoy en día es presidente de Rusia también participa en otra de esas que el director solo plantea pero no resuelve. Al parecer, él y Einar se besaron cuando eran más pequeños, abriendo una posible identidad homosexual del bueno de Putin, pero se zanja con un “bah, bobadas de críos” y se pasa a otra cosa. Lo que parece una revelación impactante (se besó con su mejor amigo de la infancia) podría haber pasado de largo sin pena ni gloria, eso sí, viene bien para tocar las narices a Gerda un poquito más.

La chica danesa (3). Blackfilm

“Empezaremos dominando Europa, y luego el resto del mundo”. Vladimir Putin (Matthias Schoenaerts). Fuente: Blackfilm

Finalmente, el director decide saltarse unas cuantas operaciones de la obra original y decide cargarse al protagonista a la segunda (en realidad fueron cinco las operaciones que tuvo Lili Elbe), no sin antes pintar un bonito ambiente en el jardín de un hospital, seguido de un lento cerrar de ojos que sucede a la explicación de su último sueño, en el que el protagonista nacía como una mujer… enternecedor. ¡Ah, sí! No vayamos a acabar un intento de película “oscarizada” sin incluir una sentencia final al borde de un acantilado en el que el pañuelo de Gerda se vuele y que ella exclame a Putin un: “¡No! Déjalo volar”. Plas plas plas, un aplauso para esta obra maestra. Abran paso, aquí llega la última genialidad de Tom Hooper.

En mi opinión, el problema no se encuentra solo en la pobre interpretación de Redmayne, quien solo te hace creer que es una mujer por su apariencia física –en la cual influye la genética y el equipo de maquillaje y vestuario, nada más–, sino en las ansias de protagonismo que ha decidido darle el director, cuando es más que evidente que la película debería haber estado centrada en los problemas de Gerda, el único personaje por el cual el espectador llega a sentir algo de pena.

La película es excesivamente lineal, la actuación del protagonista está vacía y las ansias de triunfar en la alfombra roja han pasado por encima de la intención de crear un contenido de calidad, y eso al espectador medio, como pueda ser yo mismo, le jode. Si hay algo bueno que sacar es que Alicia Vikander –tal vez sea porque el resto de actuaciones son muy del montón– me parece que hace un buen papel, aunque manchado por su última intervención. Definitivamente, no la veáis, es una película que Antena 3 emitirá de aquí a unos años en la hora de la siesta.

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3 comentarios en “‘La chica danesa’: Del ‘todo’ a la nada

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