Nunca es tarde si hay un buen ‘cronocrimen’

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Érase una vez un brillante joven que soñaba con ser director de cine. Después de crecer trabajando en numerosos cortos cinematográficos, vio cumplido su sueño de hacer un largometraje en 2008, recibiendo elogios por parte de la crítica e incluso un premio en el prestigioso Festival de Sundance. Todo parecía perfecto.

Varios años y varias películas después, una broma jocosa en Twitter sobre el Holocausto le costó la condena de la mayor parte de medios de comunicación y el repudio de la opinión pública. Una tremenda injusticia para uno de los cineastas que aspiraba (y aun, pese a todo, continúa aspirando) a ser una de las mejores voces de la cinematografía española. Ese prometedor director se llama Nacho Vigalondo. Su ópera prima: Los cronocrímenes (2007).

La ciencia ficción no funciona bien solo en el cine yanqui: dentro de nuestros límites geográficos podemos encontrar ejemplos del séptimo arte más que respetables (donde Álex de la Iglesia, ha sido un impulsor esencial con películas como Acción Mutante o la serie Plutón BRBNero). Ahora que además están precisamente de moda los viajes por el tiempo en la ficción española con El Ministerio del Tiempo, no está de más valorar un muy buen precedente como el que asentó Los cronocrímenes.

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Nacho Vigalondo junto al hombre enmascarado, pensando en lo lioso que puede ser el argumento de la película. Fuente: Fin de la Historia.

El filme empieza de un modo inquietante: imágenes de un bosque frondoso donde un hombre corriente (Karra Elejalde) amuebla junto a su mujer su casa de verano recién construida en un lugar aislado del contacto humano. Su afición por mirar por los prismáticos cual protagonista de La ventana indiscreta le causará su primer problema cuando ve su vida peligrar por un acontecimiento que el autor de esta crítica prefiere no desvelar. El tema principal: por accidente se ve obligado a viajar en el tiempo a través de una innovadora máquina con la ayuda de un joven científico (el propio Vigalondo como personaje) para enmendar sus errores del pasado. Todo eso, durante un mismo día.

Lo que más sorprende de la película es el aprovechamiento absoluto de todos los recursos al alcance del filme: con una misma localización geográfica y solo cinco actores, Vigalondo crea una atmósfera totalmente absorbente y tétrica, donde nada es lo que parece ser y todo es manipulable. Las secuencias temporales se repiten una y otra vez en ese día fatídico, donde la oscuridad acecha y vivimos los esfuerzos del protagonista por conseguir reparar sus tragedias. De hecho, Los cronocrímenes respeta la inteligencia del espectador ofreciendo soluciones a todas las incógnitas dentro del enrevesado aunque plausible argumento con el que se viste.

Las interpretaciones son sobrias, sin dar lugar a grandes magnitudes. Elejalde es coherente, pero podría haber aportado muchos más matices frente al contrarreloj al que se ve involuntariamente sometido (aunque hacia el final de la película demuestra lo excepcional que es como actor). Vigalondo tampoco actúa mal, de hecho se mantiene en la línea, pero es demasiado estático. También es muy remarcable Bárbara Goenaga como “la chica” (sí, todos menos el protagonista son anónimos), una mujer que inspira empatía por las circunstancias que le sobrevienen y que encarna a la inocencia desde principio a fin.

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Bárbara Goenaga en Los cronocrímenes. Y no, aunque lo pueda parecer en esta imagen el actor es Nacho Vigalondo, no Vidal. Fuente: El club de los cinéfagos muertos.

 

Por otra parte, la fotografía de Flavio Martínez Labiano y los planos desde arriba son un ejercicio fascinante que se convierte en pura poesía onírica (me confieso un enamorado de los paisajes del norte de la península, donde se rodó la película) de la que Lars Von Trier estaría orgulloso. Con el mérito añadido de rodar en un lugar donde hay que apurar el tiempo de luz, donde por cierto también presentan un trabajo de combinación muy meritorio. Amén del maquillaje de Plan 9 FX, correcto y efectista.

Con un final de sobresaliente y un manejo entusiasta de los devenires, Los cronocrímenes desmiente que para hacer una buena película sea necesario bajarse los pantalones, ni mucho menos que en España haya falta de talento. No tiene el privilegio de considerarse de las mejores películas de la historia, pero tiene el gozoso honor de ser una película de culto para aquellos que admiramos el esfuerzo que se hace en esta tierra, y más aun, las buenas historias.

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