Cuando el refrito sabe a mierda

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Alguien que no es Jennifer Lawrence y James Franco Theo James, en el cartel promocional de la película – Fuente: eonefilms.com

Con dos meses y medio -¿YA?- transcurridos de este 2016, el ritmo de estrenos empieza a decaer, aunque no tardará en retomar el vuelo de cara al mercado estival. Si echamos un vistazo a la cartelera veremos, sin embargo, que una gran cantidad de las películas son bien secuelas de películas de éxito, bien reboots de películas antiguas, bien la enésima entrega dentro del universo cinematográfico de la Marvel -que en general molan, no vamos a negarlo-. Tal y como lo denominó el Señor Azul en su primera etapa aquí, la segunda edad de oro en el estado de California, con el foco en Hollywood, ha hecho que el panorama cinematográfico se llene de torpes producciones en busca de su trozo de pastel.

Esto presenta cierta contradicción: el miedo a fallar por el desastre económico que supone un fracaso en taquilla no ha redundado en un descenso en el número de películas, lo cual ya sería bastante trágico: se ruedan las mismas o más que hace diez años. Sí ha cambiado la selección, qué se rueda. Los reboots, secuelas, spin-offs y demás muestras de ingenio e intrepidez cinematográfica inundan las carteleras viernes sí viernes también. Que a veces pueden hasta estar bien, por supuesto. Incluso se dan casos de franquicias salpicadas por una secuela innecesaria y luego rescatadas con otra secuela, en un ejercicio de autocuración que ni Deadpool. Pero la mayor parte de las veces suponen atentados despiadados contra películas míticas, grandes taquillazos que pueden desprestigiar sagas enteras.

El combo-breaker de esta búsqueda desesperada de la pepita de oro lo encontramos en la denominada saga Divergente, cuya última parte, Leal, se estrenó el pasado viernes en España. Vaya por delante que no he visto la película, pero no voy a hacer una crítica de la misma: ¿qué clase de blog sería este si alguien escribiera sobre algo que no ha visto? ¿Estamos locos? La semana pasada, por desgracia, sí tuve la oportunidad de visualizar la primera parte de la saga, una pérdida de tiempo más que suficiente para que uno se huela la tostada. Hagamos un repaso a la franquicia: basada en una trilogía de libros pensada para que los adolescentes puedan decir que leen algo, Divergente nos presenta unos Estados Unidos futuristas y distópicos divididos en facciones, en los que la heroína debe liderar una revuelta contra el dictatorial establishment. ¿No les suena de algo? Efectivamente, Verónica Roth, la autora de la trilogía de novelas y desde ya una de mis mayores ídolos se dio cuenta de que cogiendo el borrador de Los juegos del hambre, añadiendo un par de cosas y cambiando los nombres, uno podía forrarse. Y algún productor de Hollywood, otro ídolo, vio que con la adaptación cinematográfica del plagio podía forrarse aún más. ¿Quién dijo crisis?

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Tris (Shailene Woodley) entrena para apalizar cualquier derecho de autor que se le presente – Fuente: sensacine.com

La película y, por ende, la saga entera, cuenta con todos y cada uno de los clichés del manual de la película para quinceañeras: la chica protagonista encarnada por una actriz ya conocida en la parroquia (Shailene Woodley, de Bajo la misma estrella), el coprotagonista guapísimo que te cagas que sabe apreciar lo especial que es el mundo interior de la chica, tatuajes que ilustran ese mundo interior, una pandilla de amigos pringaos que sin embargo se destapan como mejores que los ‘popus’… Absolutamente todos los ingredientes para reventar la taquilla con los euros del adolescente de entre trece y diecisiete años. Nosotros, los demás, solo veremos un Los juegos del hambre sin la parte en que todos se intentan matar y sin Jennifer Lawrence, las dos cosas que molaban. Efectivamente, es tan horrible como suena.

Divergente es, pues, el paradigma de la vertiente más mediocre del Hollywood moderno, la del cine -y la literatura, manda huevos. Oigo a García Márquez revolverse en su tumba- pensado como un simple sacacuartos, sin más motivación que reventar taquillas y proporcionar una efímera fama a sus protagonistas, que redunde en más dinero para la productora. El espectador tiene, eso sí, algún consuelo, ya que la entrada de cash de este tipo de pelíclas sirve en parte para financiar otras más disfrutables, en un diabólico equilibrio de mercado. Jaque mate, Marx. Ignoremos estos filmes en taquilla y las veces que las repongan en Antena 3, sin olvidar que, probablemente, sean necesarios para la buena marcha de la industria. Yo seguiré, eso sí, criticando estos reboots mediante artículos que son en sí mismos reboots de las entradas de mis compañeros.

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