Al cine con Paquito

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Comparecencias de prensa ensayadas, ríase del plasma de Rajoy – Fuente: blogs.ccma.cat

Hace ya más de cuarenta años que el espíritu del Generalísimo debe pulular por el infierno. Sin embargo, y debido a la insultante juventud de nuestra democracia, su fantasma se encuentra siempre presente si hablamos de política, una losa de la que solo el tiempo nos podrá librar. Los cuñados con menos sentido común -a quienes ni nosotros podemos disculpar- tienen en el “esto con Franco no pasaba” uno de sus axiomas más recurridos. Porque ya saben lo que dicen los entendidos en el tema, por aquel entonces Podemos no existía, DAESH no tenía cojones a entrar en España y por las noches uno se dejaba abierta la puerta de casa sin problemas. Como para no votar al Caudillo en cuantas elecciones ganase, cifra esta que aún hoy no está demasiado clara. Existe, sin embargo, un rasgo en la personalidad de Franco que genera cierta simpatía, que hace ciertamente entrañable la figura de aquel abuelo semicapado. Nah, en realidad no, pero es de todos modos una curiosidad desconocida para el gran público: el dictador era un gran amante del cine. De hecho, si no fuera el mayor asesino en la historia de España en The Reservoir Bloggers podríamos hasta plantearnos su fichaje, ahora que somos los Florentino Pérez del WordPress.

Desde su palacio de El Pardo, donde tenía un pequeño teatro habilitado para la proyección de películas, Franco llegó a ver un total de 2094 producciones cinematográficas durante los 36 años durante los que fue jefe del Estado. Acompañado siempre de Carmen Polo, su esposa,  algún hijo y dispares invitados -desde su círculo íntimo de amigos hasta miembros del gobierno como Arias Navarro o Carrero Blanco-, Franco disfrutó de una media de dos películas por semana, en sesiones que frecuentemente absorbían toda una tarde, si contamos con el piscolabis de rigor y la emisión del No-do. En palabras de Magí Cubells, el historiador catalán que descubrió los documentos que revelaban la afición del dictador, estas películas eran “una manera de aislarse de los problemas de entonces”, la ventana a un mundo que en España ni se olía, gracias a su buen hacer en materia de golpes de estado.

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“Ya te dije que le ganaría en explosiones a ese Michael Bay” – Fuente: El Confidencial.

La elección de la cartelera correspondía a su mujer y al productor Cesáreo González, quienes primaban el cine comercial al de culto. Según el catedrático de Historia del Cine Josep Maria Caparrós en declaraciones para El País, Franco tenía predilección por “el cine de género,  con mucha comedia, pocos musicales y bastantes western y filmes de aventuras”. Además, más de tres cuartas partes del total de películas eran producciones americanas, con solo 500 españolas y muy poco cine europeo. Entre las más conocidas, destacan Desde Rusia con amor, Ben-Hur, Los diez mandamientos y El padrino. 

En un tiempo en que la tijera del Gabinete de Censura Cinematográfica amenazaba cualquier trozo de carne que accidentalmente se mostrase en pantalla, el dictador se reservaba el privilegio de disfrutar los rollos sin cortar. Su manga era más ancha que la de los censores, y llegó a pedir varias veces que repusieran algún fragmento eliminado. En El Prado también llegó a proyectarse La verdadera historia de Cristóbal Colón, un telefilme ganador del Emmy prohibido en la España de la época, que cuestionaba la figura del histórico descubridor. Con el paso de los años el cinematógrafo del palaciete de Franco ofreció películas “más fuertes”, en palabras de Caparrós. Muerte de un ciclista, del célebre Juan Antonio Bardem -un reconocido comunista-, gustó al dictador a pesar de sus veladas críticas hacia la burguesía y el régimen.

La afición del dictador no se quedó, sin embargo, en el simple visionado. Además de publicar varias críticas y reseñas de películas en algunas revistas militares, Franco demostró sus dotes actorales en sus apariciones en el No-do, como en este formidable ejercicio de ventriloquia que practica con su hija.

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Cartel promocional de Raza – Fuente: cinepapaya.com

El caudillo encontró el punto álgido de su carrera cinematográfica con Raza, la adaptación de una novela que, bajo el seudónimo de Jaime de Andrade, escribió entre 1939 y 1941. Este blockbuster de posguerra, con un presupuesto de un millón de pesetas -765000 de los viejóvenes euros, al cambio actual-, contaba la historia de la familia Churruca, que resulta que antes de que se dedicara a la venta de pipas tuvo un papel destacado en la Guerra Civil española. No les vamos a engañar, Raza es un ejercicio de propaganda digno de la dictadura a la que representaba, y a nivel cinematográfico deja efectivamente muchísimo que desear -no así a nivel historiográfico, por supuesto-. Francisco Franco plasmó en la familia Churruca algunas de sus experiencias de vida así como la totalidad de su moderno ideario. Así, José Churruca, el protagonista de la película, se erige como el azote del comunismo, la democracia, la masonería, los podemitas y demás chusma perroflauta, un salvador de la patria al que la chavalada española debía aspirar a imitar.

El gobierno falangista, tras el estreno de la película en 1941, tiró de su maltrecha chequera para conseguir una buena difusión. Cuatro meses después de su estreno, Raza ya se había proyectado en un total de 551 municipios españoles y traspasado fronteras hacia los países ocupados por el Eje, por aquel entonces en la cumbre de su expansión territorial. El propio papa Pío XII, a quien se le concedió una copia, mostró su satisfacción por el resultado del film, aunque pidió que sus valoraciones no se hicieran públicas al tratarse este visionado de un caso excepcional.

gato

Ya me he cansado de las fotos de Franco, mejor pongo a este gato.

Una vez finalizada la guerra y visto que había escogido el bando perdedor, Franco se afanó en recuperar las copias que había distribuido por toda Europa en vistas a una futura negociación con los Estados Unidos. Se dio entonces un hecho insólito: Franco censuró su propia obra, eliminó algunas escenas y modificó otras, para transformar la oda al falangismo que era Raza en una versión un poco más light y de carácter solo anticomunista. De este modo, el título fue cambiado a Espíritu de una raza, con unos tintes menos fascistas, y se eliminó cualquier referencia a la guerra de Cuba y las muestras de admiración a los fascismos europeos. Asimismo, Franco, que había prohibido la masonería porque le fue rechazada su admisión en la logia española, tuvo que tragarse su orgullo y censurar todas las críticas a esta secta, ya que varios altos cargos del gobierno estadounidense -incluido el presidente- eran destacados miembros.

El 26 de octubre de 1975, el palacio de El Prado ofreció la última proyección de la que disfrutaría Franco, menos de un mes antes de su muerte. Se trataba de una producción francesa dirigida por André Cayatte, con Jean Gabin y Sophía Loren, una última alegría para el viejete. El título, irónico, El veredicto. Otro veredicto, el suyo, fue que lo dejaba todo atado y bien atado. Los fanboys dicen que para la llegada de la democracia, que al final el tío solo quería preparar bien a España de cara a dar el paso. Que no era malo por el placer de serlo. Ni de villano de película serviría.

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