‘Dogville’: cómo desnudar la doble moral

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Cuando se habla de Dogville se habla del movimiento Dogma y se habla de uno de sus fundadores, el enigmático Lars von Trier. Esta tendencia cinematográfica pretende mostrar al espectador cuan poco hace falta para marcarse un buen film. Con poco me refiero a entes materiales, pues buena dosis de imaginación y atrevimiento se requiere para sacar a la luz películas de este tipo, y es que la estructura se las trae.

Rodada como si de un escenario de teatro se tratase y dividida en varios capítulos cual novela, así se nos presenta la obra del danés: sin trampa ni cartón. Sin el más mínimo efecto especial, ¡pero si ni siquiera tienen paredes las habitaciones! -la decoración cuenta únicamente con unos cuantos muebles y unas líneas de tiza en el suelo que separan unas viviendas de otras.- Toda la trama transcurre en un remoto pueblo alejado de la civilización, Dogville, y para ser exactos en Elm Street –el municipio no da pa’ más- durante los años de la Gran Depresión.

Los habitantes son quince encantadores pueblerinos que viven su cotidianidad sin grandes sobresaltos, de entre todos ellos destaca Tom Edison Jr. (Paul Bettany), aspirante a convertirse en el líder moral de la aldea que se esfuerza una y otra vez por inculcar a sus vecinos valores propios de la más pura democracia griega mediante reuniones –casi tantas como las convocadas en Aquí no hay quién viva– con el objetivo de que sean cabezas librepensantes con gran corazón.

Lo más impresionante de esta obra es la evolución de la trama –obviamente, no iban a ser los efectos especiales-. Parte de la huida de Grace (Nicole Kidman) de la policía, encontrándose así con el pequeño pueblo y exactamente con el mesías Tom, el cual decide esconderla y encubrirla cuando los agentes preguntan por ella. Inmediatamente, reúne a todos los habitantes para debatir como buenos asamblearios qué hacer con la fugitiva. Finalmente acaban aceptando el reto que este propone: dar asilo a Grace durante dos semanas en Dogville, vamos, dejarla “de prueba” a ver qué pasa. Así los habitantes demostrarán los valores cívicos, como la humildad o la solidaridad, que tanto aclaman. No obstante, -como bien diría un pez gordo- nada es gratis y aquí está la clave del argumento: Grace tendrá que ganarse a sus nuevos vecinos ayudándoles en todo lo que se le solicite -curiosa petición tieniendo en cuenta la ambición humana…-.

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Tom y Grace alucinados ante el imponente decorado de Dogville

Mediante este planteamiento, Lars von Trier nos somete a más de dos horas de largometraje en el que cada giro argumental nos hará cuestionarnos más y más qué haríamos nosotros de estar en la piel de cada personaje, cómo convivimos con las personas que forman nuestro círculo social más próximo o cuánto de doble moral compone nuestra ética diaria para acabar por mostrarnos un desenlace imponente y sobrecogedor.

Eso sí, no me quedaría satisfecha sin anunciar que todo lo que me fascinó y me convmovió a mí puede aburrir y fastidiar a otros -ya, sé que es obvio, pero esta película por su peculiaridad me obliga a recordarlo-, es un film lento, sin acción, con una BSO que se adecua a la perfección al ritmo del guion y en el cual todo el peso recae en el diálogo y la psicologia de los personajes, -claro está, todo acompañado de unas deslumbrantes actuaciones y una dirección inquietante-. Nada más es necesario para removerte las entrañas.

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