Todos tenemos un Space Jam

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Como diría Nico Abad: “¡Me gusta el baloncesto!”. Y es un buen momento para ser amante de este gran deporte. Los Playoffs de la NBA acaban de comenzar, algunos récords con dos décadas de antigüedad han sido pulverizados y una de las mayores figuras que nos ha dado el baloncesto contemporáneo se ha despedido: Kobe Bryant.

Encontrar donde está el origen de mi pasión por el baloncesto no es fácil. Al menos no tanto como para el futbol, en el cual Oliver, Benji, Mark Lenders y cía, junto con sus quilométricos campos y sus esféricos ovalados han tenido mucho que ver. También el hecho de haber vivido la época dorada del Valencia C.F. cuando mi córtex cerebral aún estaba en pleno desarrollo. Pero con el basket  es diferente.

Al haber mencionado Oliver y Benji, lo suyo sería asociarlo con Slam Dunk, su homónimo baloncestístico (si sigo utilizando palabras tan raras a lo mejor me fichan para poner los titulares de la NBA en Marca), pero no, el simpático anime japonés solamente era otra serie de la TV3 que amenizaba mis tardes preadolescentes. Tampoco fue Space Jam, la película protagonizada por Michael Jordan y que se convirtió en un icono para todos los jóvenes nacidos en los 90. Mi Space Jam fue una película muy diferente en su tono, pero igual en contenido. Una epopeya sobre un héroe del baloncesto.

Estoy hablando, nada más y nada menos que de “Rebound: The Legend of Earl ‘The Goat’ Manigault”, el biopic (película biográfica) del considerado mejor jugador de baloncesto que nunca ha llegado a jugar en la NBA. Un relato sobre un chaval con un don que crece en un barrio marginal rodeado de drogas, prostitutas y delincuencia. Vamos, que el guion de la película se escribe solo.

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Earl Manigault es un joven tímido que combina su rutina académica con los cuidados del hogar, ayudar a su pobre madre y echar un par de tiros  a media noche (a canasta, aún no estoy hablando de droga). Debido a su pequeña estatura, no suele participar en las pachangas que juegan los mayores, hasta que un día (como suele ocurrir en este tipo de historias), Earl está merodeando por la cancha cuando otro jugador se lesiona. Los demás jugadores se fijan en él y le dicen que participe, y Earl, que quiere demostrar su valía, acepta. El partido no tiene mucha historia, como suele ocurrir en este tipo de películas. Comienza dubitativo, para, acto seguido, convertirse en el jefe de la pista y acabar metiendo la canasta decisiva. Nada nuevo bajo el sol.

Los que cortan el cotarro del Harlem se quedan impresionados con la actuación de Earl y le ofrecen administrar su carrera. ‘The Goat’, que aún es un pobre pimpollo, acepta de buena gana. A partir de este momento, la película coge un camino radicalmente distinto al que podíais esperar y se convierte más bien en una biografía más acorde a la de la vida de un rapero (8 miles o Straight Outta Compton) que a la de un jugador de baloncesto. Las drogas, los excesos y la lujuria invaden la vida del joven jugador.

Pero lo más parecido a una figura paterna que ha tenido Manigault, el sr. Rucker, conserje de la pista donde empezó el joven a despuntar, intenta reenderezar el rumbo de su pupilo y lo envía al colegio Saint Joseph, colegio conocido mundialmente por haber llevado a la élite a un flamante All- Star que aún sigue en activo (sí, estoy hablando de Jameer Nelson).

Contar el resto de la biografía de Earl ‘The Goat’ Manigault podría considerarse spoiler, así que voy a limitarme a mencionar algunos aspectos sobre el jugador y sobre el personaje que engrandecen su figura.

Manigault medía tan solo 1’85 cm, cosa que no le impedía machacar el aro una y otra vez, algunas veces en la cara de jugadores como Kareem Abdul Jabbar o Wilt Chamberlain. Surcar los cielos y engancharse del aro se convirtió en algo habitual para él. Y como quien pretende romper la rutina e innovar para no caer en el aburrimiento, ‘The Goat’ fue inventando nuevas formas de machacar. De todas ellas, la que ha pasado a los anales de la historia del baloncesto es el famoso “Double Dunk”, algo que nadie más ha conseguido replicar.

Gracias al baloncesto, el tímido y obediente Earl se convirtió en un canalla capaz de humillar a cualquiera. Su habilidad y chulería le convirtieron en un símbolo del Harlem de los sesenta y setenta. Y le ayudaron a ganarse la vida en más de una ocasión. Por ejemplo, durante un partido, un aficionado anónimo osó apostar 60 dolares a que Manigault no era capaz de matar más de 20 veces de espaldas. “The Goat” no podía rechazar esa oportunidad para lucirse, y además, conseguir dinero fácil, así que aceptó. Obviamente lo consiguió. Y aumentó la cifra hasta los 36 mates de espalda, todos ellos de forma consecutiva. Porque ese era Manigault, alguien que se ganaba unos centavos apostando que era capaz de cogerlos de la parte superior del tablero.

Una figura que el biopic ha sabido reproducir casi a la perfección a través de un gran Don Cheadle (Iron Man 2), quien tuvo que entrenar duramente con Niguel Miguel (ex jugador de la NBA y ayudante también en Space Jam) para hacer algunas de las filigranas que realizaba ‘The Goat’ en la pista.  El reparto también cuenta con algunos rostros conocidos como el de Forest Whitaker como Sr. Rucker o James Earl Jones como Dr. McDuffie.

Sobre esta película el propio ‘The Goat’ comentó: “Lo siento. Defraudé a miles de personas pero no soy nada falso. Hubo un tiempo en que di a la gente lo que quería que les diera. La película está ahí para que las generaciones de jóvenes no tengan que pasar nunca por el calvario que ha sido mi vida”.

A mí no me sirvió para eso, al fin y al cabo, no soy negro ni vivo en un barrio conflictivo. Pero sí que me sirvió para poner mis ojos en el baloncesto. Fue el hecho que me llevó a descubrir la magia de este deporte. No fueron los vuelos de Jordan en Space Jam, ni tampoco las peripecias del Sohoku por los torneos juveniles de Japón. Fue la historia de Earl Manigault, sus mates, su chulería y su drama. Earl Manigault fue mi Space Jam.

Y ahora, gracias a él, he podido disfrutar la despedida de Kobe Bryant, el reinado de una franquicia tejana que parece inmortal o que todos los jugones sonríen igual. Gracias a leyenda del que según Kareem Abdul Jabbar, que tiene unos cuantos partidos en sus espaldas, es el mejor jugador al que se ha enfrentado. Gracias, Earl ‘The Goat’ Manigault.

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