12 hombres sin piedad: el poder del diálogo

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Ya es hora de que se hable en este blog de cine clásico, que aquí ni el único que las ha visto todas y cada una en los antiguos cines de barrio, el viejo verde abuelo, se pronuncia. Decido estrenar época con una de mis películas favoritas del mundo mundial –ay, perdón, se me escapó wey- y no es ni más ni menos que la ópera prima del célebre director Sidney Lumet: 12 hombres sin piedad. Como buen clásico, esta obra maestra resiste intacta al paso del tiempo y continúa dando lecciones de cine y de vida casi 60 años después de su estreno.

En la trama se nos presentan doce ciudadanos estadounidenses –cada cual más tópico- que conforman el jurado popular poniendo a prueba uno de los pilares fundamentales de cualquier democracia: la justicia. El caso ante el que han de pronunciarse se muestra, en un principio, como un clarísimo homicidio de primer grado por parte de un conflictivo adolescente que se había criado en los suburbios y acostumbraba a recibir palizas de su padre, la víctima.

La magia de la obra maestra reside en el desarrollo de la deliberación del jurado popular mediante el diálogo y el lenguaje corporal. Resulta que el veredicto ha de ser unánime, por tanto aunque haya un solo voto que sea diferente al resto ya carecerá de validez la votación. A causa de la discrepancia, el Jurado nº 8 (Henry Fonda) [típico tocapelotas absorbido por la responsabilidad social de ser justo] encabeza el Equipo Empatía, deleitándonos con unas excelentes observaciones sobre el caso que dan fruto, en el interior de su mente, a las famosas dudas razonables que ponen en riesgo la culpabilidad del joven y su trágico final en la silla eléctrica. Por otro lado, se nos presenta otro perfil de individuos, al que llamaré Equipo Apatía –wow, menuda psicoanalista estoy hecha- cargados de prejuicios y bastante más preocupados por sus meros intereses personales –aunque se trate de ir a un puto partido de béisbol- que por la vida del presunto culpable de 16 años, la cual depende de su razonamiento.

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Reparto elegido para interpretar a los 12 hombres sin piedad. Fuente: solodramasclásicos.com

Además, -excepto los primeros y los últimos minutos- la película se basa en una única escena, eludiendo así cualquier tipo de acción y demostrando cinematográficamente, por si no estaba claro, que lo más relevante en el cine es el guion –bueno, sí, es mi opinión-. No obstante, el film te mantiene entretenido durante la hora y media de metraje –ardua tarea teniendo en cuenta que, como ya he dicho, prácticamente todo ocurre en la sala de jurado-, fluye, te lleva donde quiere y ni te das cuenta.

Por otro lado, los aspectos técnicos están totalmente subordinados a la sensación que se quiere transmitir. Así, Boris Kaufman, el director de fotografía, tiene su mérito: al principio de la película los planos empiezan a filmar desde arriba, por encima de los ojos de los protagonistas, para a mitad largometraje situarse el foco a la altura de las miradas y acabar el film rodando en primeros planos. Todo esto tiene el objetivo de atraparte incesantemente en un atmosfera claustrofóbica a medida que avanza el diálogo y la tensión entre los personajes, y bueno… comprueben ustedes mismos si lo consigue.

De especial mención es el reparto y sus interpretaciones, puesto que Lumet -cómo si de un experimento sociológico se tratase- encierra a todos los personajes en una habitación para que conversen, es imposible que no salten las chispas entre los diferentes carácteres. No obstante, los actores se meten tanto en la piel que para no simpatizar con los sentimientos de cada uno de ellos –y eso que el jurado es de lo más variopinto- tendrías que poseer una piedra en lugar de un corazón entre pecho y espalda. Un deslumbrante Henry Fonda destaca por encima de los demás, manteniéndose sereno pero brillante durante todo el largometraje, además,  singular alusión merece a mi juicio Franchot Tone, el Jurado nº 3, encarnando al hombre más lleno de prejuicios y odio al diferente del mundo mundial –ay, otra vez-.

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El Jurado nº 8: “Aquí, pensando en la indiferencia del ser humano al sufrimiento ajeno…” Fuente: blogdecine.com

En conclusión, la tensión que se respira –cual partido de tenis entre Nadal y Djokovic- junto con un guion perfecta y minuciosamente trabajado de la mano de Reginald Rose, una dirección inigualable y unas interpretaciones sobrecogedoras dan lugar a una obra inmutable que te seguirá haciendo reflexionar sin importar cuántos años transcurran.

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