¿Vencedores o Vencidos?, las consecuencias de una guerra

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La Segunda Guerra Mundial fue uno de los periodos más tristes y oscuros de la historia de la humanidad. En nombre de banderas, patrias e ideologías, millones de inocentes perdieron sus casas, su esperanza, sus sueños, o incluso, su vida. Con la rendición por parte del Imperio Japonés –hicieron falta dos democráticas bombas atómicas para derrotarles-, la guerra llegó a su fin. Era momento de que hubiese consecuencias. De castigar a los culpables y penalizar los crímenes, sin embargo, al final de la guerra Hitler, Goebbles o Himmler ya estaban muertos. Así que el peso de la justicia debía caer en los hombros de otros. Y es por eso que se organizaron los Juicios de Núremberg, un conjunto de procesos jurisdiccionales (de ahí lo de Juicios) en los que los aliados sancionaron a jueces, operarios, dirigentes o cualquier otro colaborador del régimen nazi.

En su época, los juicios no tuvieron mucha repercusión, ya que los americanos preferían olvidar el terrible periodo bélico y mirar hacia el futuro. Solamente Associated Press y alguna agencia menor cubrieron este importantísimo evento. Sin embargo, en Alemania sí tuvo mucha importancia,ya que un país ajeno iba a sancionar a alemanes por cumplir las leyes de su país (aunque estas fuesen una aberración contra los derechos humanos). También la tuvo en los inicios de la Guerra Fría, momento en el cual a los Estados Unidos no le convenía cabrear al pueblo germano. Pero sobre todo, en lo que respecta a la historia del derecho, este es uno de los actos más significativos que han ocurrido nunca. Una batalla entre el positivismo jurídico contra el naturalismo. Un conflicto que en la reciente Civil War de Marvel han bordeado pero no se han atrevido a profundizar. Marvel y su cine soft…

Pero bueno, a lo que vamos. En estos juicios se planteó un debate entre lo que hay que hacer y lo que se debe hacer. Marco los límites de la legalidad respecto a los derechos humanos. Y castigó a aquellos que solamente obedecían, sin preguntar ni oponerse a las decisiones que les venían desde arriba. En 1961, Stanley Kramer (director de Adivina quién viene esta noche o La Herencia del viento), nos trajo una excelente película que mostraba la realidad de aquellos juicios. Así es, mi primera inmersión en el cine clásico.

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“¿Qué me estás contando? ¿Se metió eso por ahí?”. Foto: Metro Golden Mayer

La trama gira entorno a los juicios a Emil Hahn, Warner Lampe, Friedrich Hofstetter, tres jueces del Tercer Reich y a Erns Janning –interpretado por el gran Burt Lancaster-, juez y Ministro de Justicia de este Imperio del terror. El juez Dan Haywood, el magistrado jefe, deberá dictar sentencia respecto a los sucesos ocurridos durante el gobierno del partido nacionalsocialista. Hans Rolfe (interpretado por Maximilian Schell), abogado de la defensa, siempre amparado bajo el uso de la lógica, deberá demostrar que su cliente, Janning, no es culpable, y que además, todo lo que hizo, lo hacía por amor a su patria. Por su parte, el Coronel Tad Lawson, abogado de la acusación, intentará demostrar que los actos que permitieron los jueces no tienen ninguna justificación, ni aunque se escuden en la legalidad,  en la moralidad, o en el amor por el Estado y la patria. A partir de aquí, se entrará en un encarnizada disputa, conjugada con la exposición de hechos, la presentación de pruebas y un desfile de testigos cuya intención es la de convencer al juez de la presunta culpabilidad de los imputados . El positivismo contra el naturalismo. La separación de moral y derecho (acatar la ley aunque sea inmoral) o la defensa de unos derechos naturales que prevalecen sobre cualquier ley (no cumplir leyes que violen los derechos). Un debate interesante, reflexivo, trascendente y sustancial que la cinta consigue reflejar a la perfección. ¿Es el hombre realmente culpable de sus actos?

Además de ser una de las mejores películas judiciales jamás realizadas, el asombroso realismo histórico y la ambientación permiten conectar a la perfección con la narración. En ningún momento se echan en falta más escenarios, y pese a que dura tres horas, no es una película que se haga pesada, ya que a través de los diálogos consigue mantener la tensión en todo momento. Eso sí, cabe destacar la crudeza de la película, que en algún momento de su trama muestra imágenes que pueden herir la sensibilidad de aquellos espectadores más susceptibles y empáticos.

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Burt Lancaster siguiendo el final de Liga a través de Carrusel Deportivo. Foto: Metro Golden Mayer

No es una película sobre nazismo convencional, ya que muestra una sociedad alemana en decadencia, que viene de vivir la peor etapa de su historia y que se siente avergonzada por ello. Pero sí es una buena cinta para que el odio hacia ese periodo, hacia los horrores cometidos y hacia el nazismo crezcan. De hecho, hoy he ido a comprarme Malditos Bastardos para ver como al Teniente Aldo Raine y compañía gravar unas cuantas esvásticas en las cabezas de los  odiosos soldados germanos.

Respecto a ¿Vencedores o Vencidos? solo me queda añadir que pocas películas se han atrevido a plantear el dilema que se plantea aquí (aunque esté muy descompensado en favor de uno de los dos vertientes). Los discursos que pronuncian los personajes también son una gozada, y algunos de los dilemas que plantean trascienden más allá de los juzgados y las leyes. De entre todas ellas me quedo con una. “Ser lógico no significa ser justos. Y no hay nada en la Tierra que pueda hacerlo justo”.

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