Se buscan celebridades del crimen

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Mick (Woody Harrelson) y Mallory (Juliette Lewis) sonríen felices en Asesinos Natos a cámara después de su última masacre. Fuente: La muvida.

No hay duda de ello. Da igual que te miren mal, que causes asco y terror a tu paso o que puedas acabar mordiendo una tablilla mientras aguantas los miles de voltios de la silla eléctrica. Ser un puto psicópata es el mejor medicamento para escapar de una sociedad tan absurda, superficial e hipócrita como la estadounidense. Incluso, puedes conseguir fans por el camino y copar la audiencia de esa misma gente, moralista y sucia, que mira fascinada tus actos de violencia.

Asesinos natos (1994) es una de las películas más delirantes y enloquecidamente violentas de los últimos veinte años que te lo confirma. Dirigida por uno de los pesos pesados de Hollywood, el artífice de Wall Street (1984) Oliver Stone, lanzó a la fama a una dos artistas que por entonces empezaban a emerger: Woody Harrelson interpretando al siniestro Mick y Juliette Lewis en el papel de la desquiciada Mallory. Una pareja preciosa con una conocida afición: recorrer los Estados de USA dejando un reguero de sangre y muñones a sus espaldas. Solo una persona sobrevive a cada atrocidad que dejan, para contar al mundo que esa matanza fue obra de nada más y nada menos que Mick & Mallory. ¿No suena encantador?

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Foto de la bonita boda de la pareja protagonista. Solo faltaban Norman Bates, Hannibal Lecter, Leatherface y Patrick Bateman en la ceremonia. Fuente: Exploradores P2P

Morbo aparte, la película es un despliegue de efectos impresionante. Imágenes sacudidas y fugaces a cargo de Robert Richardson que resaltan el inconsciente de destrucción, una banda sonora muy ajustada a los contrapuntos del filme (desde la dulce melodía en una improvisada boda a la orilla de un puente de carretera hasta el heavy metal furioso de las torturas a los confidentes de la prisión) y repleto de  escenas oníricas del misticismo indioamericano. Todo aliñado con una severa reflexión sobre el mal y sus límites en la sociedad moderna y un montaje excelente producto del trabajo de Brian Berdan y Hank Corwin.

Si por algo destaca este impresionante proyecto, es por la crítica brutal hacia la espectacularización y enfoque de los grandes medios de comunicación. Stone, como buen conocedor de los engranajes mediáticos, no se corta al ofrecer una autocrítica bestial y cínica cuando relata las historias de sus personajes a través de formatos como la sitcom barata, el melodrama romántico, telerrealidad, escenas que si fueran música pertenecerían al Parental Advisory Explicit Content y hasta desgarradoras y surrealistas secuencias de anime. Aquí, un bonito ejemplo sobre cómo Mick y Mallory se conocen e inician su historia de amor:

Y a propósito, la historia original era de Quentin Tarantino, que la vendió a Warner Bros cuando empezaba a resonar su nombre en los medios. Aunque después de las numerosas modificaciones que Stone, Richard Rutowski y Dave Veloz incluyeron al guion, este montó en cólera y no quiso que le identificaran con la película. ¿Frustración por falta de fidelidad al relato primigenio o pura incapacidad de asimilar que hicieran una película mejor que la que él hubiera hecho? Probablemente ambas.

Harrelson y Lewis hacen una pareja de lo más atípica, pero que afortunadamente es capaz de conectar muy bien con el público. El elenco de personajes secundarios es variopinto: Robert Downey Jr. es el presentador de televisión Wayne Gale, un cruce entre Jimmy Fallon y Jordi Évole aplicándose una dosis mortal de egolatría, Tommy Lee Jones hace con acierto del agresivo y cruel alcaide de la prisión y Tom Sizemore tiene una presencia de lujo con el detective Scagnetti, la némesis de la pareja que tiene su mismo comportamiento psicótico (pura envidia es lo que tiene, seguramente).

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“¿Quién dijo que por mi carácter en la vida real solo me darían papeles de chulo?”. Un apuesto Robert Downey Jr. se hace una pregunta a sí mismo aunque esté mirando a Woody Harrelson, quien no merece escuchar sus sabias palabras. Fuente: C y B.

Por mucho que se pueda escribir de Asesinos natos, nunca se puede abarcar todo el contenido simbólico y formal que entraña una película que, con toda la lógica, figuró durante años en la lista negra de cientos de miles de padres estadounidenses temerosos de que sus hijos adoptaran las mismas actitudes que sus mayores reproducían desde su inmovilismo egoísta y su falta de solidaridad.

Precisamente porque no alberga ningún mensaje moral ni tampoco un rechazo explícito hacia la violencia, algo impensable para una sociedad tan moralista. Sin duda, nos hallamos ante una de las mejores películas del siglo pasado que todavía no ha obtenido el reconocimiento que se merece. Imprescindible.

 

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