Once, la virtud de la sencillez

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¿Puede una banda sonora guiar toda una película? Está claro que en los musicales debería ser así, ya que esa es su premisa básica, pero estas películas cuentan una historia y se limitan a cantar lo que sucede. La música no es la protagonista, sino que es una excusa para conectar mejor con el espectador y darle dinamismo a lo que ocurre en la pantalla. En el caso de los biopics sobre músicos famosos –Ray (2004), Walk the Line (2005)- o de grupos enteros –Straight Outta Compton (2015), The Doors (1991)- las canciones suelen ser un pequeño guiño para el fan incondicional o bien un recurso narrativo para situar la historia en un espacio temporal concreto. La música es una mera guía de lo que sucede en la película.

La verdad es que no soy precisamente un experto en este tipo de producciones, y aunque he de reconocer que me encantan, a otros compañeros del blog se les da mejor hablar sobre el cine y la música. No obstante, la cinta de la que os quiero hablar me ha llamado la atención por varios motivos. Al contrario que en los ejemplos anteriores, aquí la música no es una excusa para llamar la atención del espectador, ni tampoco un recurso narrativo. La música, las canciones y las voces de los protagonistas son la mejor forma que tiene la historia de ser contada. Las letras sirven para conocer mejor a los personajes, para saber qué sienten y para conocer su pasado. Y también nos permiten empatizar con ellos. Es decir, la música deja de ser un recurso narrativo y se convierte en el discurso. Sin música no habría película, no habría diálogos, no habría trama, no habría nada.

Todo esto ocurre en Once -no, esta vez no voy a hacer ningún chiste de humor negro-, una pequeña joya cinematográfica que vio la luz en 2006. Una de esas películas que huyen del cine comercial, pero que no por ello son peores películas que un blockbuster al uso. La virtud de la sencillez.

La cinta cuenta la historia de un cantante callejero (Glen Hansard) y una inmigrante que se dedica a la venta ambulante de flores (Marketa Irglova) que establecen una relación un tanto especial desde el primer momento en el que se ven. Parece un argumento bastante normal, teniendo en cuenta como se suelen estructurar este tipo de películas románticas, pero no lo es, ya que las situaciones no se resuelven de forma convencional, ni se parece a cualquier otro pastelón que podría veniros a la cabeza. La relación entre los protagonistas es muy especial, sin artificios propios de Hollywood, ni prototipos inexistentes. Son sentimientos reales, mostrados tal y como son. Nada que ver con cualquier película romántica.

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Otro elemento que dota de un encanto especial al film es el escenario en el cual se desarrolla: la preciosa Dublín.  Otro ejemplo más de  que los irlandeses  (del Norte o de la República) saben cantar. Pero, sin duda alguna, lo que más cautiva de Once es el aura que desprende. La naturalidad y el buen hacer sin alardes. Toda la cinta se rodó con luz natural, con medios propios de los actores y el director-John Carney-, sin permisos de grabación, recurriendo a amigos o vecinos para interpretar a los personajes y con escenarios cotidianos, como las casas de los protagonistas. Una película real, con diálogos improvisados y con los sentimientos por parte de los protagonistas a flor de piel. Es una película sencilla, que conecta con el espectador y que le llega al corazón. Un canto a la nostalgia y los sentimientos encontrados. Algo que no se ve todos los días, desde luego.

Tiene mucho valor que con su brevedad (poco más de una hora y 20 minutos) y la sencillez que desprende, sea capaz de calar tan fondo en los sentimientos. Quizá sea porque la cotidianidad y sencillez no estén tan mal del todo. La clave del éxito de la película es muy simple: instrumentos, química entre los personajes y no desentonar en todo el metraje.

Pero el elemento más importante, y sobre el que he pasado por encima de puntillas es la banda sonora. Un memorable conjunto de canciones que derrocha personalidad y emotividad. Un acompañamiento musical perfecto para esta historia de amor y amistad. Una sinfonía que plasma de forma inigualable el sentimiento de la nostalgia.  La Academia supo valorar como es debido la calidad de esta banda sonora, y Falling Slowly, la canción principal de la película, ganó el Óscar a mejor canción en 2006.

Personalmente, es una de las mejores bandas sonoras que he escuchado desde que veo cine (de hecho, mientras escribo estas líneas no para de resonar por toda mi casa). Es un compendio de pistas cantadas con el corazón por un par de músicos profesionales -los protagonistas de la película, Glen Hansard y Marketa Irglova, forman el dúo conocido como The Swell Season-.

Se trata de una cinta muy honesta, que sin hacer florituras, sin grandes frases o discursos, muestra la pureza de los sentimientos humanos. Un bellísimo drama musical que nos hace reflexionar sobre el pasado, solucionar nuestros errores y dar lo mejor de nosotros mismos. También nos empuja a perseguir nuestros sueños. Y nos regala una sonrisa. Al final, es inevitable enamorarse de esta película.

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