Cremades, Rogen, Lewis y los límites fallidos del humor

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Eh… Cómo le diría esto, señor Lewis… | Fuente: BBC.co.uk

…hasta mañana a las ocho. Presentados y disculpados, vamos al lío.

Habrán visto a lo largo del tiempo de vida de este nuestro gran blog que, a la hora de elegir una película para tratarla aquí, la comedia suele ser una de las apuestas más concurridas.  Hablamos de películas y series cuyo fin último es hacer reír, pero las conocidas como comedias involuntarias, aquellas producciones en las que la suma de pretensiones de seriedad y desarrollo cutre deriva en resultados risibles, también cuentan con todo nuestro cariño y admiración.

Así pues, en plena crisis de posts, quisiéramos recuperar esta apuesta segura con un tema siempre polémico, hasta el punto que ha llegado a sufrir el fuego cruzado en las trincheras de la vanguardia informativa nacional: dónde situar los límites del humor, y qué consecuencias hay para los que traspasan la línea. Seguramente el caso más conocido a este respecto fue el del malogrado concejal de Cultura de Madrid, Guillermo Zapata. Recordemos: horas después del nombramiento de Zapata como edil, alguien sacó a la luz unos chistes que el concejal escribió en Twitter en 2011 (!) sobre el Holocausto, Irene Villa y Marta del Castillo. Después de dos días de bombardeo constante desde los medios de comunicación sobre Zapata, convertido automáticamente en un violento antisemita proetarra, el concejal tuvo que dimitir de su cargo.Veamos. En un país en el que la gente sigue votando a un mismo ente desde hace setenta años y con cargos públicos implicados en tramas de corrupción aferrados a sus sillones, un pobre diablo se vio obligado a abandonar su despacho de concejal cuando aún ni se había instalado en él por unos tuits humorísticos sacados de contexto y escritos —esto es importante— cuando aún no era nadie. He aquí el inmenso poder de los Flanders cuando de censurar chistes se trata.

Lo dicho, especialmente desde entonces el debate en torno a los límites del humor es bastante frecuente. Lo último, el caso de César Strawberry, líder del grupo Def Con Dos y absuelto el pasado 19 de julio de un supuesto caso de enaltecimiento del terrorismo por el que la fiscalía pedía 20 meses de cárcel para el cantante. Ese denunciado “enaltecimiento” residía en seis tuits y un retuit por parte de la cuenta del cantante. Acabáramos, ¿quién no ha escrito un tuit que alguien podría denunciar, visto esto? Qué delgada se dibuja la línea entre el enaltecimiento de algo, las injurias y los chistes malos.

De hecho, son precisamente los chistes malos los que más se prestan a la censura popular: cuanto tocamos un tema polémico, a menos risa, más probabilidades hay de cabrear al personal. Zapata y Strawberry bien lo pudieron comprobar. Incluso el que es para algunos el mejor humorista de España, Jorge Cremades, lo vivió en primera persona por un artículo que escribió a principios de verano en la Cosmopolitan. El escrito, en la línea del presunto humor que el susodicho desarrolla en sus vídeos de Facebook, provocó la ira de Twitter y de algún que otro columnista, que no dudaron en tildar al pobre Cremades—o al personaje que interpreta— de misógino. Cierto es que en uno de los dos o tres tópicos a los que limita la temática de sus vídeos evoca la imagen de la novia como estorbo, y que el artículo que denunciaban ahonda en la idea. Pero también es cierto que en la misma columna hacía otro chiste con que los chicos solo hacemos que tirarnos pedos, ¡incluso en un viaje en pareja! Podríamos denunciar a Cremades por algún tipo de injuria o, simplemente, ignorarlo. Porque sabemos que no es un hembrista consciente, sino tan solo un poco tonto. De todos modos hablamos solo de supuestos. Pero quizá tras echar un ojo a sus titubeos en esta entrevista —transcritos, mi admiración por ello para la redactora—, el asunto quede más cristalino.

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Quien ríe último ríe mejor y, como dijo el Sr. Azul, en su caso serán los de Svenson | Fuente: que.es

El debate sobre los límites del humor y su censura ha afectado, por supuesto, al mundo del cine. En The Interview (Evan Goldberg, 2014),  Seth Rogen y James Franco bromeaban con matar a Kim Jong Un. Y, como es normal, por Corea del Norte no gustó demasiado que los americanos fantaseasen con la idea de liquidar a su jefe. Debido al cabreo generalizado en aquel país y la amenaza en el aire de cualquier posible represalia —unos hackers atacaron la web de Sony Pictures y amenazaron con atentar en los cines que la proyectasen—, la compañía distribuidora decidió en primera instancia no emitir la película. The interview, casi sin querer, se convirtió así en un símbolo del humor y la Libertad de Expresión que había que defender a toda costa. Tras un intenso tira y afloja entre cinéfilos, Corea del Norte, Sony y el mismo Obama, pudo estrenarse finalmente el 25 de diciembre de 2014 en un centenar de cines estadounidenses, YouTube y Netflix. Tras semejante cruzada libertaria, las expectativas ante la película que había indignado al régimen norcoreano eran enormes. Pero oh decepción, resultó que al final The Interview no era la ácida sátira política que —pensaban— cabía esperar, sino tan solo era una película de Seth Rogen, con la sarta de chistes de pedos inherente a toda película de Seth Rogen. De todos modos, la polémica generada fue un tremendo golpe de suerte para la película en forma de campaña publicitaria gratuita, algo que no suele ser muy frecuente cuando se discute de hasta dónde puede uno bromear.

Jerry Lewis, humorista y actor estadounidense de origen judío, bien pudo comprobar esta teoría cuando en los setenta se lanzó a rodar The Day the Clown Cried, una película de la que había escrito él mismo el guion, adaptando la adaptación de Joan O’Brien sobre un original del productor Charles Denton. Contaba la historia de un fracasado cómico que, por realizar una parodia de Hitler en presencia de unos agentes de la Gestapo, es enviado a un campo de concentración. Allí renuncia a ejercer como payaso, pero al descubrir a unos niños empieza a actuar para ellos. Así, consigue que se abstraigan de un ambiente de muerte y terror. ¿Este propósito no les suena de algo? Efectivamente, los paralelismos con La vida es bella saltan a la vista. Sin embargo, mientras que la de Bergnini es considerada como una de las mejores películas de todos los tiempos, la cinta de Jerry Lewis nunca llegó a estrenarse. Es más, el propio humorista se ha encargado de ocultar todo indicio de su existencia, llegando a afirmar que se siente avergonzado de la película. Y muy pocas personas han podido ver el resultado final. The Day the Clown Cried estaba pensada desde el guion como el retrato de un payaso detestable, que incluso en el campo de concentración sus actuaciones con los niños no responden al altruismo, sino a la necesidad de alimentar su propio ego. Este planteamiento ya era algo macabro, pero Lewis cambió por completo el carácter del personaje al que iba a representar para caracterizarlo como un idiota simpático que por accidente estaba en Auschwitz. No era su intención pero, a ojos de los espectadores, había creado un monstruo sin sentimientos.

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Fotograma de The Day the Clown Cried | Fuente: youtube.com

El objetivo del humorista, según afirmó en su autobiografía Jerry Lewis in person, era mostrar en el payaso una filosofía de vida: «Pensé que la película sería una forma de mostrar que no debemos desfallecer y rendirnos ante la oscuridad». Lewis tenía un buen ‘qué’, pero falló en el ‘cómo’. El resultado, una historia incabada por falta de financiación que provocó entre su seleccionado público unos sentimientos encontrados, la sensación de estar viendo algo terriblemente desastroso. Harry Shearer, biógrafo de Jerry Lewis y uno de los afortunados que pudieron ver parte del metraje, lo describe así: «Esta película es tan drásticamente errónea, está tan equivocada, su espíritu y su humor están tan salvajemente fuera de lugar que nadie podría, ni en una fantasía de lo que podría ser idealmente, mejorarla. ‘Oh, dios mío’ es todo lo que puedes decir después de verla». Solo por ilustrar: imaginamos sería algo así como si vieran este vídeo —quítenle la voz— con esta música de fondo. Desagradable, ¿verdad? The Day the Clown Cried es un experimento fallido, una deformidad de laboratorio que sus creadores destruyeron con fuego cuando aún no había salido de la probeta. Y es una verdadera lástima que no esté disponible.

Dos veces ha salido en este artículo el Holocausto, uno de los grandes tabúes a la hora de hacer chistes. También lo son el terrorismo, las guerras o el machismo, conceptos que ya entrañan cierto peligro a la hora de verter nuestras opiniones. Más aún si queremos bromear sobre ellos, tarea harto difícil y que, como hemos visto, puede salir muy mal, como vieron Lewis, Zapata, Strawberry o Cremades. Pero una vez descubierto el enfoque adecuado, la broma es la mejor vía para normalizar estos conceptos tradicionalmente ásperos: si aguanta una, hay mucho ganado en su aceptación. Porque no hay temas intratables, solo chistes malos.

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