Yo, él y Regan

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En peores plazas hemos toreado. | Foto: Warner Bros.

El cine de terror no ha tenido mucho seguimiento en este nuestro gran blog. Pero la culpa siempre es de los demás: por mi parte, tengo motivos sobrados como para no lanzarme con las películas de de miedo. Ahí va mi historia. 

Mi primera toma de contacto con el terror peliculero, para que se hagan una idea del nivel, fue con La Bella DurmienteLa filmoteca de mis abuelos no era muy extensa, pero mi hermana y yo la capábamos aún más, con lo que la cartelera de las tardes y noches de cine con ellos se reducía a dos películas: Solo en casa si me tocaba elegir a mí -por cierto, ¿sabíais que el futuro presidente de los Estados Unidos realizaba un cameo en la segunda parte?-, y La Bella Durmiente si lo hacía ella. Y cada vez que pasaban el clásico de Disney, aguantaba en el sillón toda la película. Bueno, casi. Concretamente, hasta aquí. La escena en que Aurora se pincha con el huso de la rueca y entra en coma. Una toma escalofriante, cierto. Pero no era su “muerte” lo que me asustaba, sino un plano en concreto, casi al principio. La primera vez que vi aquel zoom a los ojos amarillos de Maléfica, que aparecían entre el humo mientras Aurora lloraba, me traumaticé de tal forma que me negué en rotundo a volver a ver aquella condenada película. Pero en mi casa quien llevaba los pantalones era y es mi hermana -los hermanos mayores siempre se joden en caso de duda-, por lo que cada dos fines de semana tocaba volver a verla. Mi solución fue esconderme debajo de la mesacamilla de mi abuela cada vez que me olía la escena y esperar a que me dijeran que todo había pasado para volver a salir, siempre con miedo a que mi hermana me la jugase. Así lo hice durante años, provocando siempre la risa de quienquiera que estuviese presente.

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La imagen acojona y quien diga que no, miente | Fuente: youtube.com

Aquel trauma sirvió a mi entorno familiar para mantenerme alejado durante un tiempo de toda película que asustase algo. Sin embargo, mi pánico a las imágenes fuertes no me abandonó: es más, el evitarlas a toda costa hizo que incubase una fobia bastante chunga, y cada vez que veía algo como el cartel de Maldición 2 o la cara de la niña de El Exorcista, un escalofrío me recorría la parte baja de la columna. Muy desagradable. Al principio, esta sensación me afectaba también al contemplar escenas de violencia explícita, y por este motivo no disfrutaba al ver, por ejemplo, Gladiator. Por suerte, años de vicio a videojuegos violentos me han acabado inmunizando ante cualquier tipo de desmembramiento audiovisual, y en la actualidad me puedo tragar la tortura más bizarra de Saw sin pestañear.

El ejemplo del cartel de Maldición no es gratuito: los niños japoneses fantasma fueron, y son aún, una de las mayores fobias a las que me he enfrentado. Mi mayor problema al respecto es que mi imaginación suele volar descontrolada cuando me meto en la cama, y cada vez que veía la cara de un niño japonés fantasma, el cabrón me atormentaba durante varios días. A pesar de que ya no me pasa tanto como antes, dudo que alguna vez en mi vida vea algo como la susodicha, o The Ring. No sin antes haber firmado testamento, al menos. La presión popular, no obstante, sí que ha hecho que tome algunas decisiones que en condiciones normales no hubiese hecho. Una vez jugamos al videojuego para Wii basado en Maldición, Ju-On: The Grudge. Aquel juego era malo a más no poder, pero su obsesión por el susto fácil con niños japoneses hizo que no pudiésemos pasar ni del primer nivel. Y que durante todo el año siguiente yo andase por los pasillos de mi casa con la tortuga casi asomada, pensando en el vídeo introductorio del juego.

Esa misma presión popular hizo que pasase una de las peores experiencias de mi vida en un cine. Y no me refiero a aquella vez que fui a ver Hitman. Ocurrió en el verano de 2010. En cartelera estaban El Equipo A, Niños Grandes y Noche y Día, tres películas plausibles para ser seleccionadas de acuerdo con el criterio de un chaval de 14 años. Pero no. Mis amigos eligieron a traición Pesadilla en Elm Street: El origen. A ver: yo, que mi mayor problema con las películas de miedo era que las recordaba cuando me iba a la cama, me disponía a ver a un tipo con la piel quemada y cuchillos en los dedos que se dedica a matar a sus víctimas mientras duermen. Un plan perfecto, desde luego. Lo cierto es que la idea me echaba hacia atrás, pero no podía dejar de entrar a la sala con mis amigos. ¿Quién coño entra a ver una película solo? ¡Marginao! Además, era la oportunidad perfecta para reivindicarme ante mis colegas y demostrarme a mí mismo que ya no era el de siempre: podría con ello.

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La capa nueva de pintura va a costar un pastón | Fuente: zonanegativa.com

Obviamente, no pude. Tras contemplar la primera escena, en la que un chaval al que Freddy persigue se clava un cuchillo en la garganta y se degolla, me enteré de qué iba a ir aquello, con lo que me dispuse a pasar la siguiente hora y media con una mano tapándome los ojos y con la otra intentando lo mismo con los oídos. A pesar de todo, aún pude ver más o menos la mitad del total del metraje, lo cual fue suficiente para tragar techo cada noche durante las tres semanas siguientes.

Fue mi peor experiencia, por larga, con el cine de terror. Este verano se cumplían ya seis años de aquello, pero aún no me he atrevido a ver la película de nuevo. No obstante, sí he visto otras cintas con dispares resultados. Viendo Paranormal Activity 4 con mis amigos en la casa abandonada de la abuela de uno de ellos, nos entró un ataque de pánico cuando el viento -era el viento, seguro- hizo que se cerrase de repente la puerta del corral. El Resplandor sorprendentemente la he disfrutado dos veces, y diría que es de mis películas preferidas. El final de La Horca molaba bastante, aunque a decir verdad no pude aguantar del todo las escenas fuertes. Me atreví a ver REC 3 a pesar de lo desagradables que parecían las anteriores, y resultó que se parecía más a Zombieland que a ninguna de sus precuelas. Finalmente, con Eliminado volví a una sala de cine a ver presunto terror. Finalmente no resultó: su planteamiento, interesante de inicio, fallaba estrepitosamente cuando se disponía a dar miedo, y si alguna vez aparté la mirada fue para ahogar una risa o por simple vergüenza ajena. Y qué decir del final.

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Este tío explica fenomenal cómo nos sentimos todos en la sala. | Fuente: youtube.com

Y hasta aquí. Que yo recuerde no he visto mucho más del mundillo, pero a medio plazo me he planteado seriamente empezar con alguna propuesta light con la que, poco a poco, sumergirme en un género que seguro aporta algo distinto a los demás, algo que me estoy perdiendo. Ya el año pasado me decidí a combatir mis miedos, con lo que empecé a ejercer de presentador de un programa en el que nos dedicábamos a desmontar leyendas urbanas. Lástima que solo durase una noche, la cosa prometía.

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